Una historia para saber si sos esclavo del dinero

Hace unos días, volviendo de una reunión para la oficina, agarré un lomo de burro con el auto y rompí el silenciador del caño de escape. En Buenos Aires, la sensación térmica rondaba los 40 grados, la humedad era insoportable y yo parecía arriba de un fórmula uno escandaloso, que paseaba a A 40 km/h por una ciudad que, lo juro, se deformaba por la temperatura.

A pesar del calor que me nublaba las ideas tuve un momento místico y la verdad desnuda se presentó ante mis ojos transpirados: o llevaba a arreglar el auto en ese mismo momento o arrastraba el problema los próximos dos meses. ¿Qué debía hacer? ¿Volvía a la oficina o resolvía el tema del auto?

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Mi único impulso, visceral, era volver. Necesitaba preparame un café y comer un cereal con chocolate (que no es otra cosa que una trampa, porque como chocolate, que engorda, pero a la vez como cereal, que es algo sano, y además soy capaz de tomar café con 200 grados. En fin.)

Todo eso pensaba, mientras me daba vueltas la misma pregunta: si no lo hacía en ese momento, ¿cuándo me iba a hacer un rato para llevar el auto al taller?

La respuesta era clara. Nunca.

Entonces en un esfuerzo sobre humano 🙂 respiré ondo, y caliente, y húmedo, y fui derecho hacia el único taller que conozco y le tengo un poco de confianza. Al llegar me enteré de que para arreglar un caño de escape hay que ir a un especialista en caños de escape.

Al principio dudé, pero en seguida me di cuenta de que me hablaba en serio. Todos los días se aprende algo nuevo, dije. Y el mecánico me miró como a un marciano. Pero seguro que de creatividad no entendés nada, pensé desde mi costado más primitivo y menos creativo.

De todas formas, escuché con atención las indicaciones para llegar a otro taller que quedaba a 15 cuadras, en un barrio que es como un laberinto, y que no voy a mencionar para no ofender a nadie. Después de manejar 20 minutos en círculo y pasar 4 veces por la misma pizzería, llegué al especialista.

Estaba de vacaciones.

Les juro por mi computadora, que es una de las cosas que más quiero, que sentí ganas de llorar. Pero hacía tanto calor que tuve miedo de deshidratarme. Así que evité las lágrimas, tomé confianza nuevamente y le pregunté a un pibe que estaba sentado en la vereda si conocía otro especialista en caños de escape.

– Sí, Tom & Jerry.

Este me está cargando, pensé. Se me subió la gallegada a la frente y estuve a punto de armar una pelea por nada. Pero me contuve. Para eso hice talleres de emociones y de autoconocimiento. Le pregunté de nuevo y me contestó que a dos cuadras estaba Tom & Jerry, que era otro taller de caños de escape.

Agradecí y arranqué. Cuando llegué a Tom & Jerry me atendieron en el acto, me recomendaron un bar con WiFi y prometieron que en 40 minutos tenía el auto arreglado. Todos sabemos cómo es internet, así que en vez de 40 minutos, tardé dos horas en volver.

Y ahí estaba el autito, estacionado, silencioso. Durimiendo a la sombra. Para verificar el nuevo silenciador, el mecánico, que era jovencísimo, me pidió que estacione el auto arriba del foso y me invitó a verlo desde abajo. Acepté gustoso y después de maniobrar con algo de temor (lo único que me faltaba era meter el auto en un foso) bajé por una escalera angosta, haciendo equilibrio para no manchar la ropa con las paredes.

Y entonces vi por primera vez mi auto, o mejor dicho, un auto, cualquier auto, desde abajo. Qué bárbaro, pensé, qué cantidad de cosas que tienen los autos abajo. Pero esta vez simulé conocimiento, y puse cara de saber de caños de escape.

Desde adentro del foso, pude ver un dibujo de Tom & Jerry pintado en una pared. Y justo cuando le iba a preguntar a mi joven anfitrión el por qué del nombre del taller, lo descubrí a Tom. Un gato gordo y peludo que, como dice Serrat en Pueblo Blanco, dormía con la boca abierta al calor como un lagarto.

Salí del foso pensando en la tranquilidad pachorrienta de ese animal y en el stress que yo había vivido en las últimas horas. Y sin mucha conciencia me salieron dos preguntas seguidas:

– ¿Cómo se llama el gato? ¿Siempre duerme así?

Pero sólo me contestaron la segunda:

– Sí, siempre está así de tranquilo, está castrado.

Bueno, me dije, prefiero el stress.

Y cuando me estaba yendo me regalaron la revista Despertad!, que edita la Asociación de Testigos de Jehová, en Argentina, cuyo título de tapa preguntaba: ¿Amos o esclavos del dinero?

Lo miré por última vez a Tom que dormía incompleto y me fui a la oficina pensando en el asunto del dinero. A la noche, ya en casa y durante la cena, leímos el cuestionario que traía la revista para saber si éramos esclavos del vil metal. Además de hacerme acordar a Kiyosaki, la nota me dejó una duda: no sé si soy esclavo del dinero o estoy en el horno 🙂 .

Mañana voy a transcribir las 17 cuestiones que tenés que revisar para saber si sos esclavo o no, y para hoy dejo una galería de gatos durmiendo, que en una situación normal debiera ser simpática, pero ahora me hace pensar si están en su plenitud física.

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Vía: Tutztutz.com

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  1. Teresa’s avatar

    QUE GRACIOSO!!!! Llegué cansada y mahumorada y me alegraste el resto de la tarde.

    Reply

  2. Martín Fernández’s avatar

    Soy genial!!! 🙂 🙂 🙂

    Reply

  3. Rafa’s avatar

    Jaja, que buena historia, malo todo lo que tuviste que pasar.
    Saludos desde Rep. Dom.

    Pd: Sos un buen escritor

    Reply

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Martín Enrique Fernández

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En este espacio escribo sobre las personas que generan corrientes de pensamiento en algún campo en particular, sobre ideas y herramientas de comunicación interna y sobre el proceso de cambio cultural permanente en el que se encuentran las organizaciones. Las personas. Las ideas. Las organizaciones. En ese orden.

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Presido la consultora especializada en Cultura de HSE, Antropología Corporativa y Comunicación Interna, Whycomm S.A.
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