Palabras e Imágenes

A continuación, la tercera y última parte sobre el libro Pasiones de Celuloide.

Hace un tiempo, en InternalComms posteamos la primera y la segunda parte del capítulo que conecta el oficio de la escritura con el de la narración audiovisual.

Ahora que lo pienso, espero que la trilogía les haya resultado interesante. Si no, tengo más. 🙂 Me quedo pensando si no me gustó solo a mí.

En fin, sin más:

Palabras e Imágenes, por José Pablo Feinmann

La escena (y escribo escena para invocar la imagen en un texto que, presumo, dará desmedido peso a la palabra) es así: estoy frente a mi procesador corrigiendo un texto de mi nueva novela. El texto dice así: “pensamientos impecables”. Son los que le atribuyo a uno de mis personajes. Miro una y otra vez la palabra impecable.

¿No remite excesivamente a la idea de exactitud? No quiero que los pensamientos de mi personaje sean exactos. Esto lo haría poseedor de la verdad y no sé si mi personaje es, en la historia, el poseedor de la verdad. Sigo mirando la palabra impecable. Transcurren unos minutos. La reemplazo por la palabra prolijo.

El texto, ahora, dice así: “pensamientos prolijos”. Me tranquilizo: mi personaje puede tener pensamientos prolijos y no por eso poseer la verdad. El adjetivo impecable lo acercaba más a la instrumentación, a la apropiación de la verdad que el adjetivo prolijo.

El matiz es, quizá, ínfimo, pero el lenguaje de un escritor se desliza entre matices. Por ejemplo: “He aquí –o he ahí, allí- algo innombrable”, escribe Jacques Derrida (Espectros de Marx, Trotta, Madrid, p.20). No le bastó escribir “aquí”, tuvo que agregar “ahí” y también “allí”, no podía encontrar la precisión anhelada.

Otro ejemplo: una palabra, para un escritor, puede invalidar todo un texto. Abelardo Castillo cuenta que cierta vez Borges le confesó: “No me gusta `Hombre de la Esquina Rosada´ porque figura en ese cuento la palabra cuchillón”. Bien, nada de esto es así cuando un escritor escribe para un medio audiovisual.

Lo primero que debemos resignar –si deseamos ser eficaces, tolerantes y tolerables- es el valor absoluto que le damos a la palabra en nuestros textos narrativos.

La estructuración de nuestras secuencias puede ser alterada, cualquier palabra se pierde si un actor no recuerda un texto o decide, con la anuencia del director, decirlo de otro modo. El respeto al texto del guionista tiene relación directa con el tiempo del que dispone la producción.

En la tevé, por ejemplo, se trabaja sin tiempo: todo es, según suele decirse, “para ayer”. Entonces no sólo hay que escribir de prisa, sino que los actores no tendrán siquiera tiempo de memorizar el texto, mucho menos de comprenderlo. En el cine suele haber más distensión; más espacio y más tiempo.

Como sea, es hora de que los autores comiencen a exigir el tiempo necesario para que sus textos sean respetados. Digámoslo así: que la búsqueda conceptual y estética que supone la elección de una palabra (esa búsqueda, vimos, obsesiva en Derrida y en Borges) sea trasladada al mundo vertiginoso de la imagen tiene que ver –o debería tener que ver- con la autoestima de los escritores: por el respeto que deben exigir para sus textos y por el beneficio que ese respeto implicará para el proyecto en el que todos –no sólo él- están empeñados.

Porque cuando un escritor escribe una novela escribe en su casa y para él. Cuando escribe para la imagen no sólo escribe para un ámbito diferenciado, sino que forma, siempre, parte de un equipo. Esto limita su libertad pero lo abre a otra experiencia que no está condenado a desdeñar.

Se trata de un equilibrio sutil, delicado: exigir que se respeten nuestros textos, el valor de las palabras que –no casualmente- hemos elegido, y, a la vez, no volvernos esclavos de esas palabras y no esclavizar a los otros desde nuestra propia esclavitud, transformada en una de las formas de la necedad.

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Martín Enrique Fernández

MAF
En este espacio escribo sobre las personas que generan corrientes de pensamiento en algún campo en particular, sobre ideas y herramientas de comunicación interna y sobre el proceso de cambio cultural permanente en el que se encuentran las organizaciones. Las personas. Las ideas. Las organizaciones. En ese orden.

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Presido la consultora especializada en Cultura de HSE, Antropología Corporativa y Comunicación Interna, Whycomm S.A.
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