Nada es tan así

La opinión debe ser una de las peores formas para comunicarse que encontró el ser humano, y que además, así como la encontró, la llevó a su trabajo. Porque opinar cierra los caminos del entendimiento y mata la curiosidad. Nada es tan así, tan taxativo, tan como suelen ser las opiniones: así. Y punto.

Cuando las personas opinan tozudamente el horizonte se acerca, el mundo se apaga, y se transforma en un lugar gris, desangelado, donde todo está dicho, es empaquetado y se reduce a una sola posibilidad: la opinada.

Se pasa por alto que en la variedad está el gusto, que todo puede observarse desde distintos ángulos y que eso mismo es la innovación: combinar ideas que generen nuevas ideas, que mejoren los costos, o los procesos, o el clima interno. Algo que nos dé bienestar y favorezca nuestro entorno, y en el peor de los casos, la percepción del entorno. La cuestión, desde siempre, es pensar para mejorar.

Tal vez, intuyendo esto, las grandes marcas eligen conversar con sus consumidores y stakeholders con simpatía, con amabilidad, les muestran sus mejores atributos a través de la creatividad y el humor, intentan seducirlos e inviertien sus mayores esfuerzos en generar una comunicación empática, absteniéndose con cuidado de las opiniones personales, filosas o autoritarias. A nadie le gusta que le levanten el dedo para explicarle cómo funciona el mundo, y menos aún si está pensando en pagar por ello. Eso era antes, cuando nadie discutía lo que decían los padres. Hoy, con YouTube y Google Earth, para saber hace falta saber.

Pero en el interior de las organizaciones algo les pasa a las personas. Por alguna extraña razón, todo el mundo se siente con derecho a opinar de cualquier tema. Simplemente dejan salir por sus grandes bocas el primer pensamiento que tienen sobre temas de los que también escuchan por primera vez.

No tienen en cuenta que cada opinión es una gran trampa, que tiene mil caras y todas peligrosas. ¿Qué dice una persona cuando dice esto es lo que yo opino? Dice: no acepto otros puntos de vista, ni tampoco revisar si alguna de las ideas que habitan en mi cabeza caducó, está rancia o exhala mal olor. Dice: no me interesa lo que piensen los demás, ya tengo mi opinión. Por eso es que para entrenar la creatividad, tener una gran cantidad de opiniones formadas es un pésimo negocio.

La opinión es el arma de los ignorantes, de los oportunistas del lenguaje, flojos de sesera, que abusan del tiempo y las palabras sin respeto y sin sentido; de esa raza especial, amantes de los malentendidos y la palabra descriteriada, oscuros personajes que deambulan en los pasillos de casi todas las organizaciones modernas, parásitos que han sobrevivido a fusiones, cambios de marca, cambios de cultura, cambios de jefe, cambios de década. Y todo sin cambiar.

No habló de la gente trabajadora, capaz, honesta, con suerte desprejuiciada, que ha dejado parte de su vida transpirando una camiseta con origen en una lengua que no es la materna, empujando los más diversos –e inverosímiles a veces- proyectos, con mayor o menor éxito, con más o menos ganas, pero eso sí, todos los días de Dios. No. Hablo de otra casta, de gente de otra calaña, que ha subsistido a fuerza de desarrollar una herramienta sutil y devastadora: el consejo, que no es otra cosa que una opinión disfrazada de buenas intenciones.

Pero todo este palabrerío no viene a cuento de nada. No es, por decirlo en términos presupuestarios, gratuito. Opinar nunca es gratuito. Más aún, este mal hábito tiene un precio demasiado alto: la infelicidad crónica. Me explayo en este asunto. Que la moneda de cambio a la opinión invasiva sea la infelicidad no quiere decir que todo aquel que opine sea un infeliz. El punto es no opinar cuando nadie nos pregunta. Pocas cosas suelen ser tan molestas, desagradables, y mal bienvenidas (si es que existe el término, por lo pronto expresa un fastidio infinito) como una opinión a destiempo. Además de ser una práctica de muy mal gusto es, definitivamente, ofensiva. No sé quién dijo eso de que el hombre es esclavo de sus palabras y dueño de sus silencios pero tenía razón. Aunque en ocasiones no lo manifieste o no se de cuenta, la mayor parte de la gente odia(mos) a las personas que mal opinan. Y de ahí su infelicidad.

A través de la opinión, el morbo organizacional encontró su propio eufemismo: Radiopasillo.

Pero volvamos entonces a la frase que inspira estas líneas (“la opinión mata la curiosidad”), que está asociada a otra igual de publicitaria, aunque no por eso menos profunda y entretenida, y que de alguna manera cohesiona todo este tema de la opinión y la felicidad. La segunda frase es, además, una especie de paradoja que se cumple en todos los niveles de un organigrama: la gente que más opina es la que tiene menos autocrítica.

La autocrítica es como un músculo. Que cada día hay que desarrollar para que no se atrofie. La autocrítica implica una actitud de superación constante, de crecimiento individual y riesgo personal. Más fácil es opinar y no comprometerse, no entrar en razones. Eso es un discurso político, una opinión gesticulada, vociferada y desprovista de humanidad. Un orador político es alguien que dice: así veo el mundo, mi realidad es la única realidad, adáptense a ella. ¿O alguien puede pensar que un candidato en campaña está razonando?

Ahora, la pregunta, en apariencia compleja, es: ¿por qué la gente, esta gente -los adictos a la opinión, fóbicos a la autocrítica- se mete tanto y tan mal en lo que no le importa? La respuesta es bastante más simple: se meten en lo que no les importa, porque sí les importa, lo que no les importa. Y no se trata de un traba lenguas ni de una frase que pretende ser inteligente. Se trata de una ecuación concreta: a menor vida interior, mayor vida exterior. Lo que no son capaces de encontrar adentro, lo buscan afuera. Se intrometen en ese terreno íntimo, de límites imprecisos, que arbitrariamente denominamos lo que no les importa, porque no tienen nada mejor que hacer, nada para decir, nada para mostrar. Ese es todo el secreto de los chismosos: no son nada, no sirven para nada.

Y con mucho tiempo ocioso, muerto -en el sentido literal de la palabra-, se dedican a los demás, a lo ajeno, de mala manera y con malas artes. Se pudren por dentro ejerciendo el desagradable vicio del radiopasillo malintencionado, ese rito despreciable de la gente despreciable. Mejor les iría si invirtieran su tiempo en leer, en capacitarse, o se entregaran a cualquier otra clase de cultivo interior que los iniciara en el camino de la plenitud individual. Quizá, por gente como esta, sea tan difícil escuchar consejos nobles, constructivos y desinteresados dentro de las empresas. Que no digo que no los haya, o que la solidaridad sincera no exista, lo que digo es que no se ve. Digo: ocurre en grupos cerrados, ámbitos aislados, de confianza y generosidad, de íntima comprensión, a los que difícilmente accedan los chismosos a lo largo de su triste existencia carente de contenido. Chisme y Contenido son palabras irreconciliables, y las personas valiosas están abocadas a sus propios asuntos, desarrollando sus tareas o a sus equipos, y no a las miserias ajenas.

Las opinión que no se basa en un proceso de reflexión sistemática, es un cáncer que destruye la cultura organizacional, aborta los proyectos con mejores perspectivas, enfrenta a las personas y alienta el divide y triunfarás.

Por eso, ante la menor oportunidad, firmemente sostengo que no hay que aceptar consejos, ni darlos. Que no hay que dejar que nos invadan el corazón, ni la cabeza. Que, en definitiva, no hay que permitir que nos apaguen la curiosidad.

Pero es sólo una opinión. Nada es tan así.

Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

efficitur. nec sem, quis, luctus eget velit, elementum