La palabra previa a la imagen

Hace algunos años leí Pasiones de Celuloide, un gran libro sobre cine de José Pablo Feinmann.

Yo todavía no tenía blog y Feinmann todavía no había dicho su célebre frase “cualquier pelotudo tiene un bloc (sic)”. De hecho, cuando la dijo, yo recién comenzaba con el blog, con lo que no me sentí del todo aludido.

Me pareció un exceso de su parte, pero nada del otro mundo. Nada que me ofendiera. Más una mala idea que otra cosa.

Es triste, sobre todo para él, pero Feinmann escribió más de 20 libros entre ensayos y novelas, y se hizo famoso en Internet con un gesto poco feliz, en un pésimo negocio: insultando gente que utiliza herramientas sociales para multiplicar sus ideas.

Pero no hay que ser tan duro, ya lo atendieron periodistas, blogs y comentaristas. Y además, el que esté libre de pecados… eso. La causa ya prescribió.

Feinmann no sabe de Web 2.0 ni 1.0, ni de tolerancia. Pero sabe de escritura, de historia, de filosofía, de televisión, de cine (sabe mucho de cine). Sabe de papel también. Y el papel no es viral, es papel. Quiero decir que sabe más de formatos en los que hay que pagar para acceder al contenido, y es lógico que se enchinche contra los nuevos medios, y que piense que van en contra de sus intereses, aunque esto no sea cierto.

Volviendo a lo que nos interesa a nosotros, mucho antes del desliz en la web, Feinmann escribió un libro muy entretenido (en negrita, como le gusta al autor) para los amantes de Hollywood como yo, con un capítulo genial, que debería ser de lectura obligatoria en las escuelas de periodismo, cine, publicidad y en todas las carreras vinculadas a la comunicación: “El arte esquivo del guión cinematográfico“.

Lo que me gustó de ese capítulo fue la seriedad con la que escribió sobre el oficio de escribir. Las recomendaciones son buenas, pero mejor es que a Feinmann se le va la vida en eso. Escribe con pasión y lucidez. Tanta pasión como para luego cometer el ingenuo pecado de agarrárselas con toda la blogósfera de un saque por la misma cuestión.

En el pecado está la virtud.

Es más, creo que la twittósfera se salvó de la arremetida por el solo motivo de que Feinmann no debe saber de su existencia. Mejor así, imagínense lo que sería capaz de decir cuando le pregunten: – José Pablo, ¿usás Twitter?

Como sea, después del salto, está la transcripción del capítulo “El arte esquivo del guión cinematográfico”. Y en futuros post copiaré los capítulos “Cine y literatura” y “Palabras e imágenes”, los dos capítulos que siguen a este, y que sólo son una muestra del libro. Si algo de lo que leen les gusta o se entretienen, consíganlo más allá de la simpatía que tengan por Feinmann y sus ideas políticas o tecnológicas, no se van a arrepentir. 🙂

Solo resta agregar que, tal madre abnegada, todo esto lo hago por ustedes, y porque aquella lectura iniciática me abrió un mundo. El de la palabra previa a la imagen

“El arte esquivo del guión cinematográfico”, por José Pablo Feinmann

Durante los días 9 y 12 de diciembre de 1991 dije un par de cosas sobre el guión cinematográfico en el taller de Antonio Skármeta que funcione en el Instituto Goethe, Santiago de Chile. Para tal fin había sido invitado. También me reuní con algunos alumnos y leí sus trabajos.

Me pareció que era necesario no solo precisar la categoría, digamos, artística del guión, sino también abundar sobre los aspectos pragmáticos del oficio del guionista. El resultado fue muy parecido a lo que puede leerse en las líneas que siguen.

El abogado Larsen del film de Adolfo Aristarain Tiempo de Revancha gustaba definirse diciendo: “Soy un mercenario”. El guionista cinematográfico no es ajeno a esta definición: entre él y lo que escribe siempre está el dinero.

Al guionista lo contratan. Lo llama un productor y le dice: “Queremos una historia fuerte. Con pocos personajes. Con muchos interiores y nada de lluvia”. El guionista pregunta: “¿Para cuándo?”. El productor dice: “Queremos empezar a rodar en siete semanas”. El guionista hace su pregunta decisiva: “¿Cuánto hay para mí?”. Le dicen una cantidad que es -con impecable frecuencia- insuficiente y el guionista se pone a trabajar.

Tiene, como siempre, poco tiempo. Escribe pensando en el consjeo que Robert Towne (que escribió, por ejemplo, el guión de Barrio Chino , el film de Polanski) dio cierta vez para todos los guionistas. Dijo Towne que hicieran como el título de esa película de Woody Allen: Take the money and run. O más claramente, agarrá la guita y rajá. Esto, cuando te pagan.

Como vemos, al guionista no lo acorralan ciertas cuestiones que desvelan a los escritores. Preguntas como “¿Para quién escribo?, como “¿Escribo para mí o para los demás?”, como ¿”Es auténtica mi leteratura?”, como “¿Escribo de frente o de espaldas al mercado?”, no se las plantea el guionista. O ya se las ha planteado y las he resuelto. El guionista escribe para los demás. Escribe porque lo han contratado. Escribe para ganar dinero. Si a alguien se parece es al escritor de folletines.

Estábamos con Jorge Goldenberg en una reunión. Alguien se nos acerca y dice: “Los escritores siempre se juntan”. Goldenberg: “El escritor es él; yo soy un guionista”. Además de una gentileza, era una perfecta definición del guionista. El guionista es un escritor que no tiene obra. Lo que ha escrito se ha disuelto, con mayor o menor fortuna, en films que, por ejemplo, dicen: “Un film de José Bowles”.

El guionista no escribe literatura. O escribe una clase especial de literatura: una literatura en tránsito. Una literatura hipotética, esquiva, difícilmente definible, utópica. Una literatura que no existe en sí, sino que existe para que exista otra cosa. Para que exista un film del que -con abrumadora frecuencia- se apoderará el director.

Las relaciones entre el guionista y el director -cuando acomenten juntos la escritura del guión- son difíciles pero no imposibles. Cada uno, por ejemplo, suele desconfiar del otro anclado en su especificidad. El director se dice: “¿Por qué voy a confiar en alguien que nunca narró en imágenes, que nunca filmó?”. El guionista se dice: “¿Qué puede saber sobre las leyes del relato alguien que se ha pasado su vida apricionando imágenes?”.

En esta encrucijada es aconcejable que ceda el guionista. Para decirlo claramente, el guionista debe escribir el guión que el director podrá filmar.

Cuando trabaja solo, la suprema arrogancia de ser el autor del film suele asediar al guionista. Cuando escribe Corte a siente que tiene en sus manos el anhelado final cut. Asume aquí la arrogancia de ser no solo el director: sueña con un guión perfecto. Tan perfecto que tenga valor en sí mismo, que anule la necesidad de hacer el film.

Cierta vez, como olvidarlo, entregué un guión a un productor. Lo leyó y me dijo: “Es tan bueno que es una pena arruinarlo filmándolo”. La vanidad del guionista encuentra aquí su punto más elevado. Su guión es tan bueno que vale por si mismo. Por consiguiente: la innecesariedad de la realización del film sería el máximo logro de la vanidad del guionista.

El extremo opuesto de este pecado de soberbia está en la integración del guionista en el equipo del film. Un film es una empresa de muchas personas. Es una totalidad en la que todo tiene que ver con todo. Así, es aconsejable que el guionista sepa mucho de cine, y no solo de narrativa.

Es aconsejable que conozca cómo se filma una película. Qué hace el director de fotografía, el production designer y hasta la gente de utilería. Es aconsejable que cuando escribe Juan carga una valija sepa que no ha escrito eso impunemente, sino que la gente de utilería tendrá que conseguir una valija. Que si escribe Llueve habrá que conseguir agua.

Se suele decir que un guión se escribe más rápido que una neovela porque no presenta el problema del estilo. Es cierto. Un gerundio o una cacofonía no condenarán al guionista. Pero el lenguaje es decisivo para el guionista. Ante todo, un guión debe utilizar las palabras necesarias. Se escribe, en general, para los productores, y los productores tienen siempre poco tiempo, ya que viven consagrados a ganar el dinero que hará posibles las películas.

Un guión no debe tener indicaciones de movimiento de cámaras. Este es el guión técnico y lo escribe el director. Un adjetivo afortunado puede inducir a un actor a componer su personaje. Algunos (algunos de los 18 ó 20 alumnos que fueron seleccionados entre 250 postulantes) me encontraron demasiado pragmático. Otro dijeron: “Nos hacía falta este cable a tierra”.

Pero todos nos fuimos pensando que en nuestro fugaz encuentro habíamos aprendido algo más sobre el arte esquivo del guión de cine. (En fín, supongo que fue así).

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  1. Teresa’s avatar

    No estoy libre de pecados pero tampoco creo que la causa prescribió, porque este personaje oscuro, reaccionario y resentido, desagradable y feo ocupa un espacio en la televisión pública para abrumar con su ideolgía corrupta y su inconmensurable soberbia. Paso de él.

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  2. Martín Fernández’s avatar

    Porbre José Pablo, despierta pasiones y odios. Igual tengo dos capítulos más preparados…

    Reply

  3. Jero’s avatar

    Pensar que llegue a esta nota buscando a Feiman en Twitter!!

    Reply

  4. Martín Fernández’s avatar

    Hace un tiempo transcribí un capítulo de Pasiones de Celuloide, de Feinmann http://bit.ly/zrkbb

    Reply

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Martín Enrique Fernández

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En este espacio escribo sobre las personas que generan corrientes de pensamiento en algún campo en particular, sobre ideas y herramientas de comunicación interna y sobre el proceso de cambio cultural permanente en el que se encuentran las organizaciones. Las personas. Las ideas. Las organizaciones. En ese orden.

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Presido la consultora especializada en Cultura de HSE, Antropología Corporativa y Comunicación Interna, Whycomm S.A.
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