La estética de la maldad

Cuando las personas llevan invertidos muchos años en la construcción de su propia imagen, el personaje con el que se presentan en sociedad termina por parecerse a lo que la persona es íntimamente. Se trate de un político de raza, de un ama de casa o de un malabarista de semáforo, siempre existe el riesgo latente de confundir lo que uno vende con lo que uno es.

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En general, con más o menos dedicación, con más o menos pericia, de forma consciente o sin querer, todos estamos arduamente abocados a la tarea. Y el resultado final, eso que deseamos que otros piensen al pensar en nosotros, termina por robarnos una parte de lo que somos, de nuestra realidad interna.

En resumen, las personas nunca somos lo que parecemos.

Así las cosas, una de las imágenes más logradas, de mejor construcción, la vi en Titanes en el Ring, una ficción que hizo época en la televisión argentina.

Titanes en el Ring fue un producto tal vez mediocre, algo burdo, con personajes caricaturizados al extremo. Se trataba de un campeonato de lucha libre televisado, en el que se podía diferenciar con absoluta claridad a los buenos de los malos. Todo era lento, asfixiante e inverosímil. Pero en medio de tanto hastío, brillaba un actor de reparto que, sin saberlo, tenía guardado su lugar en el imaginario colectivo. Era ni más ni menos que el encargado de impartir una justicia que llegaba tarde, mal y nunca; era el árbitro de los combates estelares y su nombre de fantasía era William Boo.

En una época en la que nadie quería a los malos -hoy parece que todo el asunto de lo bueno y lo malo es más ambiguo-, William Boo representaba a la maldad sin contradicciones ni filtros de ninguna especie. Lo genial del personaje residía en que, además de ser malo, tenía la estética de la maldad. Los rasgos que la época le asignaba a la maldad. Boo era casi obeso, feo y medio chueco.

Desde una mirada comunicacional, el punto más fuerte en la construcción de la imagen de W. Boo era que su apellido reflejaba un estado de ánimo. Cuando Boo entraba al ring, las tribunas, saturadas de niños excitados que esperaban por sus ídolos, los luchadores, se entretenían gritando “buuuuuuuuuuuu”. En ese instante se producía el clímax creativo (del que ya hemos hablado en otra oportunidad). Cuando Boo era buuuuu, la síntesis rozaba su máxima expresión, se alineaban los planetas y un nuevo árbol nacía en el Amazonas. Cuando Boo era buuuuu el universo era un poco más perfecto.

Si algo hicieron bien los creadores de Titanes en el Ring fue el branding de la maldad. William Boo contenía todo el imaginario del hombre malo: una panza que delataba excesos, la mirada altanera, el rictus de la desconfianza, la soberbia encarnada en cada gesto, la irracionalidad en la toma de decisiones y una provocación constante en su accionar. Y todo coronado con un detalle sublime: William Boo odiaba a los niños, y ese odio lo hacía insuperablemente malo: ¿acaso existía algo más vil que odiar a un niño?

Una breve digresión. ¿Por qué no se puede odiar a un niño? Por la sencilla razón de que los niños no tienen historia. Aún no tuvieron tiempo para el mal. O por lo menos, no para hacer un mal tan grande por el que merezcan ser odiados. Podemos ignorarlos, sí, o incluso sentir repulsión, ¿pero odiarlos?… No, odiarlos no se puede. Odiar a un niño es un exceso siempre injustificado.

Están esas películas en las que el diablo encarna en un niño, y entonces ahí sí, por un instante, nos sentimos libres para detestarlos. Pero ni siquiera en tales aterradoras circunstancias los odiamos. Sino que odiamos al diablo que encarnó en sus entrañas, y a sus más de cinco mil años de maldad. La única persona autorizada -moralmente autorizada quiero decir- para odiar a un niño, es otro niño. Porque tienen el mismo sentido del tiempo. Porque todavía no desarrollaron el criterio del odio, o lo hicieron de la misma manera. Porque su arbitrariedad se encuadra dentro de los mismos imprecisos límites.

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Avancemos. Los niños crueles dan cierta impresión.

Dijimos: William Boo era un personaje secundario, cuyo destino era ser odiado. Porque en Titanes en el Ring los buenos y los malos estaban perfectamente diferenciados, y Boo era muy malo. Sin embargo, logró trascender hasta instalarse en el colectivo social con el mismo nivel de recordación, o incluso superior, que el que gozaba las estrellas del programa. ¿Qué hacía tan atractivo a Boo como para captar la atención de los espectadores, si su figura representaba la injusticia, la falta de escrúpulos, el clientelismo, la corrupción, en suma, la maldad?

William Boo tenía un gran resto emocional. Esa era su fortaleza y su secreto.

A él, que era ruin, injusto y, ya dijimos, feo, no le importaban los abucheos, incluso los que usaban su propio apellido. No le importaba que Boo fuera buuuuu porque no necesitaba el cariño del público. No necesitaba mendigar afecto. Así son los malos que de verdad son malos: no les importa que las masas los quieran. Se vuelven estériles al cariño superficial de las multitudes. Mientras los actores dicen “me debo a mi público”, los malos dicen “me debo a mi destino”. Y así como lo dicen, salen a perseguirlo. Aunque el mundo esté en su contra, aunque su destino esté reñido con la moral y las buenas costumbres de la época. A ellos no les importa: los malos poseen visión histórica. Van por la gloria, o por la muerte. Sin términos medios. Sin importarles lo que otros piensen de ellos, dejando de lado su imagen. Por eso la maldad fascina.

Los malos no son como nosotros, los buenos, los bienpensantes criados en la clase media, en familias en apariencia funcionales. No, ellos no, desde su más tierna infancia se encontraron cara a cara con el dolor, conocen el sufrimiento, fueron arrasados por la vida, o por el destino digamos -para generar algo de tensión en el relato- y ese mismo destino los hizo fuertes, los hizo estériles al dolor y al amor.

Los malos no tienen problemas de autoestima: ellos no dependen de la opinión ajena. Por su piel, cubierta con una delgada y aceitosa pátina de sarcasmo, resbala el concepto de empatía. No les importa la vida emocional ajena. Es más, comienzan a despreciarla en el mismo momento en que se cruza con sus oscuros intereses. Antes, ni siquiera eso. Solo sienten indiferencia por la humanidad. Y cuando escuchan que alguien dice “a mí no me importa lo que piensen los demás”, ellos se ríen. Porque saben que es mentira, saben que para obviar a la opinión ajena, primero hay que reconocerse villano, y aceptar que el propio dolor ya no tiene remedio.

Maldad y gestión.

Si algo hay que reconocerle a los malos, es que son realistas. Mientras los buenos sueñan, los malos concretan. Al malo no le gusta creer. Ni en Dios, ni en los milagros, ni en nada. Saben que solo cuenta lo que hagan, saben que con creer no alcanza, saben que el mundo es cuesta abajo. Ya abandonaron las ilusiones y el deseo de amar. Ese es su dolor, esa es parte de su cruz, y a su vez, es también la espada con la se presentan en las batallas más difíciles. Tal como en el cine, el resentimiento es el motor de su voluntad.

Creo que las organizaciones, en el seno de su operación, necesitan gente mala. Me corrijo: con la eficacia de la maldad. A los malos de verdad malos se los puede distinguir por su eficiencia. Si hay algo que admirar en ellos es su vocación, su ímpetu, su convicción para alcanzar los objetivos. El malo, en general, es un hombre de gestión. Tiene la impronta del Caín que Herman Hesse retrató con maestría en Demián. Tienen la seguridad de los ganadores, o mejor dicho, de los que aprendieron a ganar. Tienen las cosas claras, son fuertes, realistas y eficientes. Deberían ser buenos para ser perfectos, pero no, eligen el camino de la maldad, porque tienen un dolor oculto, un pasado oscuro y cavernario que sienten difuso, pero en el que permanece latente el miedo profundo y visceral a ser heridos una vez más.

Pero la vida es justa y, como dice El Kybalion, todas las paradojas pueden reconciliarse. Los malos dejan de ser tan malos cuando conocemos su historia, cuando entendemos la génesis de su maldad, cuando conocemos “los motivos de su conducta” (como explica la psicología). Nos pasó con El. Supimos que era así porque le había pasado esto.

También hay un tipo de malos que no existen, que solo es un invento de la televisión. Es el malo caricaturizado, que en el momento cúlmine boicotea la posibilidad de concretar su plan, porque se dedica a explicarlo. Pierde el precioso tiempo de la ejecución, regocijándose en su genialidad.

Es el ejemplo de Batman y el Pingüino.

La escena siempre ocurría de la misma forma. Con el Batihombre maniatado y a punto de ser eliminado, el villano de turno se relajaba. Representa el momento en el que cedía ante el resentimiento acumulado, era su momento de debilidad. Lo traiciona el dolor profundo, la herida supura y necesitan hablar, necesitan contar su plan antes de ejecutarlo, que el mundo supiera de su maldad (lo traicionaba la imagen, necesitaba que Batman, antes de morir, supiera que era brillante), y ahí, aprovechando esos valiosos segundos, era cuando Batman encontraba la forma de escapar, con un arma mortal y decisiva que generalmente extraía de su baticinturón, y así se recomponía la historia. Ya con el hecho malogrado y Batman libre, el malo recuperaba toda su eficacia para volver a huir y jurar venganza.

El odio y el amor, sin dudas, son emociones intensas. El malo ama la pelea pero se rinde ante la grandeza. Porque la desea, porque la admira. El Pingüino peleó eternamente contra Bataman, aunque nunca dejó de admirarlo. En el fondo, lo que siempre deseó fue ocupar su lugar. Admira la coherencia de Batman. Sabe qué Batman tiene una línea firme de conducta y que eso lo hace previsible.

Si por una sola vez, el Pingüino hubiera podido dejar de contarle su plan a Batman justo cuando lo tenía maniatado, y con alegría y sadismo, lo hubiera torturado hasta matarlo, nos hubiéramos quedado sin el hombre murciélago, es cierto, pero hubiéramos presenciado la redención de la maldad, y Ciudad Gótica hubiera contado con un nuevo ciudadano modelo. Es una hipótesis que nunca podremos comprobar.

Titanes en el Ring logró plasmar en William Boo gran parte de los atributos de la maldad. Los combinó con simpleza, en forma lineal, hasta alcanzar profundidad y belleza en la ejecución de la idea. William Boo, de tanta desarmonía que irradiaba, logró una fluidez impensada.

La construcción de la imagen es la suma de atributos. Y a menos que se posea una intuición feroz, es un proceso complejo, de ensayo y error, que va arrojando resultados dispares. Ni siquiera los profesionales del marketing, que dedican su vida a construir marcas, pueden hacerlo sin un ejercicio subjetivo y aleatorio. Imagínense, entonces, cuánto más complicado se vuelve el asunto cuando lo que se pone en juego es nuestra propia valoración. Construir la imagen personal es un asunto delicado, un trabajo artesanal, en el que hay que hacer coincidir todas las piezas de un rompecabezas siempre difuso.

Nunca es simple lograr que Boo sea buuuuu.

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  1. ilciviliste’s avatar

    ¿Pero qué sabés vos del mal?. Me parece que te salteaste que un verdadero villano debe ser muy frío y calculador, y que sus excesos no se revelen a simple vista. Es más fácil hacer el mal de esa forma, que ser un gordo asqueroso del cual cualquiera desconfía o, incluso, tener una apariencia delatadora. ¿Nunca te enseñaron que la maldad se disfraza con belleza, pinche infeliz?. No me gusta tu artículo, porque me desprestigia como malvado.

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  2. Martín Fernández’s avatar

    Bueno, es difícil conformar a todos en este mundo.

    Reply

  3. gerard’s avatar

    Este mensaje que dejo es para todos y para nadie:
    YA NO HAY CODIGOS PARA LA MALDAD, LA HACE LA MAFIA ITALIANA Y TU VECINO; EL KU KLUX KLAN Y TU HERMANO; LA HACE EL NARCO Y TU PAPA; EL NAZI Y EL JUDIO; LA HACE RIVER Y TAMBIEN BOCA; TINELLI Y MI MAMA; LA HACEMOS TODOS Y TAMBIEN NADIE. TODOS LLEVAMOS LOS GENES DE PONCIO PILATOS (NO ES FACIL LAVARSE LAS MANOS)

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Martín Enrique Fernández

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En este espacio escribo sobre las personas que generan corrientes de pensamiento en algún campo en particular, sobre ideas y herramientas de comunicación interna y sobre el proceso de cambio cultural permanente en el que se encuentran las organizaciones. Las personas. Las ideas. Las organizaciones. En ese orden.

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Presido la consultora especializada en Cultura de HSE, Antropología Corporativa y Comunicación Interna, Whycomm S.A.
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