“No hay placer en no tener nada que hacer, lo divertido es tener un montón de cosas que hacer y no hacer nada”.
(Vía Yoriento, vía Gran Angular)
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Días atrás escuché una idea que me sorprendió por su lucidez y simplicidad, y también porque no era algo que esperara escuchar en ese momento.
En una pausa de una reunión que se hacía larga, alguien explicó así como al pasar que había infinidad de temas en los que le gustaría pensar, pero que al no tener el tiempo para hacerlo, no pensaba. Y que al no tener una opinión o juicio formado, cuando le tocaba actuar en relación, se movía instintivamente, sin un componente racional o una mínima convicción personal. Era el Just do it de Nike, pero mal entendido.
Lo interesante fue que la reflexión no era una autocrítica, sino que era una descripción de su situación. Y otro punto interesante era que no hablaba de un aspecto profesional, es decir, de temas en los que debería tener opinión o conocimiento pero no lo tenía.
No, al contrario, hablaba de aspectos en los que NO teníamos -y nos incluyó a todos- la obligación de reflexionar, pero en los que SI era conveniente pensar en profundidad. Sin embargo se daba cuenta que detrás del título o enunciado del tema (por ejemplo: qué opinaba sobre cómo reaccionar cuándo alguien lo agredía), más allá de las ideas básicas recibidas en nuestro hogar, no dedicábamos tiempo para pensar qué pensábamos del tema. O si alguna vez habíamos pensado.
Y que eso era muy inocente: era dar ventaja. Desconocer qué pensamos es desconcer el mundo en el que vivimos.

Alguien le recomendó que hiciera terapia, y todo el mundo soltó una risita nerviosa para salir del paso. Pero el asunto estaba tan interesante que a pesar del boicot involuntario y de estar parados al lado de una máquina de café, la conversación siguió adelante.
Dijo que eso también le ocurría profesionalmente, que no se limitaba a lo personal. Que, por ejemplo, para opinar de la pena de muerte no se había tomado el tiempo suficiente para descubrir (esa palabra uso) en profundidad cuál era su opinión, más allá de las ideas ya instaladas sobre lo correcto y lo incorrecto.
Que tenía intuiciones de lo que estaba bien o mal, pero no certezas. Y que no se podía tener certezas sin un período previo de reflexión.
Pero a la vez, los temas para reflexionar eran tantos, que el asunto se volvía imposible. Que había temas en los que por la urgencia se debía opinar como adolescentes tardíos y aturdidos, que repiten como loros lo que escuchan en su primer año de facultad.
A modo de corolario, dijo que sería bueno hacer una lista de los temas en los que deberíamos tener más claridad, en los temas importantes, ya que después se nos olvidan. Y que eso era el colmo: ni siquiera tenemos presentes los aspectos importantes de nuestra vidas en los que aún no hemos pensado.

Es tanta la resistencia que vamos al psicólogo para que nos recuerde en qué debemos pensar. El asunto se puso picante y alguien arriesgó: “Vivir así es como vivir sin vivir”.
Fue una lástima, pero en el climax del razonamiento y justo antes de que la conversación no tuviera retorno, se cortó la pausa retomar una reunión rutinaria en la que revisamos los asuntos superficiales, intrascendentes y urgentes de todos los días.
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Trackback from dianagonzalez on April 12, 2009 at 4:05 am
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Me encantó este post porque me dejó pensando (cuac). Más allá del juego de palabras, creo que efectivamente caemos en una rutina de pensamientos y nos acostumbramos a reflexionar mucho, quizás, sobre ciertos temas (laborales, por ejemplo), y no sobre otros. La mención que alguien hizo como chiste de hacer terapia, sin la broma me parecería acertada no quizás como método terapéutico pero sí como espacio para la reflexión. hay quienes lo enfocan de esa forma. Otros hacen meditación, yoga y varias cosas más.
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Entrenar nuestra capacidad de meditar, entrenar nuestras capacidades perceptivas, para pensar hay que entrenarse…nada mas.
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Creo que no hay algo mejor (humanamente hablando) que pensar.
El pensamiento lo es todo, todo es un pensamiento.



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