Cine y literatura

En la primera parte de este post sobre el libro Pasiones de Celuloide, transcribí el capítulo “El arte esquivo del guión cinematográfico“.

Seguido a ese capítulo, viene otro muy interesante titulado “Cine y literatura”. En un próximo post completaré la trilogía con la transcripción de “Palabras e Imágenes”, para dar fin a estas mini entregas que conectan en cine y la escritura. Pero, como dice S. Covey, primero lo primero.

“Cine y literatura”, por José Pablo Feinmann

Hay un punto de partida notoriamente correcto para diferenciar al cine de la literatura: el cine se expresa con imágenes, la literatura con palabras. Sin embargo, su corrección es limitada.

El cine no se expresa sólo con imágenes, se expresa también con palabras. Es como si por querer diferenciarlo de la música dijéramos que el cine no es la música porque se expresa con imágenes y no con sonidos. Falso. Y nadie lo sabe mejor que los sonidistas: el cine se expresa también con sonidos.

Ocurre que mal podríamos definir al cine tratando de decir qué no es. Por ejemplo: que no es la música porque no expresa la primacía de los sonidos. O que no es la literatura porque no expresa la primacía del lenguaje.

Así, se va por mal camino. Y por una transparente razón: el cine es un arte esencialmente totalizador. Es una sumatoria y una combinatoria. Palabra, imagen, sonido, todos esto es absolutamente esencial en el cine.

En cuanto a la “notoriamente célebre” diferenciación con la literatura (la que dice que lo distintivo de la literatura es la palabra, y lo del cine la imagen) también habría que repensar hasta qué punto toda literatura no es una poderosa fábrica de imágenes.

Pocas veces el lenguaje reposa absolutamente en sí mismo. El lenguaje es comunicación y –por naturaleza- siempre remite a algo.

Podemos solucionar la búsqueda de una diferenciación hablando de “primacías”. Primacía de la palabra en la literatura, primacía de la imagen en el cine. Sólo que no se avanza demasiando con algo tan evidente.

Resulta, por el contrario, más fascinante y enriquecedor explicitar que tanto en la literatura como en el cine los niveles de entrecruzamiento y eficacia entre imagen y palabra surgen para potenciarse mutuamente. Que no existe una literatura que no convoque imágenes (aun cuando exaspere una postura inmanente con el lenguaje). Que no existe un cine que no requiera de la palabra.

Ante una afirmación como la precedente se alzarán las posturas absolutistas. Dirán: la verdadera literatura es la que reposa en la creación de su lenguaje.

El verdadero cine es el que reposa en la producción de imágenes y no claudica ante la “dictadura expresiva” de la palabra. Con lo cual tendríamos, en el caso de la literatura, una estética de la no-significación. Es decir, un lenguaje que no remite a nada, salvo a sí mismo. Y en el cine una estética del silencio. Es decir, imágenes que deben ser absolutamente autosuficiente para narrar lo que hay que narrar, sin incurrir, claro, en la tentación, en el facilismo del lenguaje hablado.

No por pretender soluciones de compromiso, sino porque creemos que –a esta altura del desarrollo de las artes- pocas actitudes pueden ser tan creativas como las de apertura y complementación, es que proponemos una paz duradera y fructífera entre imagen y palabra. La imagen “habla”. Y la palabra nos hace “ver”.

Consultemos al saber popular. Se dice: “una frase luminosa”. O se dice –luego de escuchar un buen razonamiento- “ahora lo veo claro”. La “luminosidad” mencionada en el primer texto remite a la luz del cine. En el cine también la luz es “luminosa”. Y lo es en el sentido expresivo: la luz está para que veamos y su ausencia para que no veamos. En ambos casos la luz revela el sentido. La “claridad” mencionada en el segundo texto expresa una visión.

Se “ve” una idea. Se la ve, finalmente, “clara”. Se la ve como una imagen. De aquí que el pensamiento –pese a reclamarse habitualmente “abstracto”- llega a su exquisita culminación cuando las ideas se “ven”, se ven “claramente”, se ven como “imágenes”.

El guionista –cuyo instrumento es la palabra escrita- sabe que su escritura está destinada a convocar imágenes. Así, su escritura debe ser ascética pero expresiva. Debe marcar las acciones sin invadir territorios que no le pertenecen. Salvo que sea fundamental para la trama, de nada sirve que el guionista diga que el sillón de la sala es verde. O que “las sombras de la habitación comienzan a ser lentamente disueltas por las luces del amanecer que ya se insinúa a través de la ventana”.

Este texto es agraviante para el director de fotografía. El del sillón verde, para el escenógrafo. Y si el guionista escribe: “en sus ojos brilla una furia demencial”, está usurpando la creatividad del actor, ya que será éste, con su interpretación, quien decidirá si esa furia es o no demencial.

Es bueno que el guionista se imponga etos respetuosos ascetismos (respetuosos, claro, con la esfera de acción de los restantes miembros del equipo, ya sean técnicos o actores), porque si se los impone, ante todo, él, quizá logre que, luego, en el set respeten su trabajo.

Que un actor, por ejemplo, no le diga al director: “No me sale `Voy a odiarte hasta el último de mis días´. Preferiría decir: `Sabés una cosa, voy a odiarte hasta el último de mis días, no sé si me entendés´”. Que, claro, no es lo mismo.

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Martín Enrique Fernández

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En este espacio escribo sobre las personas que generan corrientes de pensamiento en algún campo en particular, sobre ideas y herramientas de comunicación interna y sobre el proceso de cambio cultural permanente en el que se encuentran las organizaciones. Las personas. Las ideas. Las organizaciones. En ese orden.

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Presido la consultora especializada en Cultura de HSE, Antropología Corporativa y Comunicación Interna, Whycomm S.A.
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