Personal

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“No hay placer en no tener nada que hacer, lo divertido es tener un montón de cosas que hacer y no hacer nada”.

Mary Wilson Little.

(Vía Yoriento, vía Gran Angular)

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Días atrás escuché una idea que me sorprendió por su lucidez y simplicidad, y también porque no era algo que esperara escuchar en ese momento.

En una pausa de una reunión que se hacía larga, alguien explicó así como al pasar que había infinidad de temas en los que le gustaría pensar, pero que al no tener el tiempo para hacerlo, no pensaba. Y que al no tener una opinión o juicio formado, cuando le tocaba actuar en relación, se movía instintivamente, sin un componente racional o una mínima convicción personal. Era el Just do it de Nike, pero mal entendido.

Lo interesante fue que la reflexión no era una autocrítica, sino que era una descripción de su situación. Y otro punto interesante era que no hablaba de un aspecto profesional, es decir, de temas en los que debería tener opinión o conocimiento pero no lo tenía.

No, al contrario, hablaba de aspectos en los que NO teníamos -y nos incluyó a todos- la obligación de reflexionar, pero en los que SI era conveniente pensar en profundidad. Sin embargo se daba cuenta que detrás del título o enunciado del tema (por ejemplo: qué opinaba sobre cómo reaccionar cuándo alguien lo agredía), más allá de las ideas básicas recibidas en nuestro hogar, no dedicábamos tiempo para pensar qué pensábamos del tema. O si alguna vez habíamos pensado.

Y que eso era muy inocente: era dar ventaja. Desconocer qué pensamos es desconcer el mundo en el que vivimos.

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Alguien le recomendó que hiciera terapia, y todo el mundo soltó una risita nerviosa para salir del paso. Pero el asunto estaba tan interesante que a pesar del boicot involuntario y de estar parados al lado de una máquina de café,  la conversación siguió adelante.

Dijo que eso también le ocurría profesionalmente, que no se limitaba a lo personal. Que, por ejemplo, para opinar de la pena de muerte no se había tomado el tiempo suficiente para descubrir (esa palabra uso) en profundidad cuál era su opinión, más allá de las ideas ya instaladas sobre lo correcto y lo incorrecto.

Que tenía intuiciones de lo que estaba bien o mal, pero no certezas. Y que no se podía tener certezas sin un período previo de reflexión.

Pero a la vez, los temas para reflexionar eran tantos, que el asunto se volvía imposible. Que había temas en los que por la urgencia se debía opinar como adolescentes tardíos y aturdidos, que repiten como loros lo que escuchan en su primer año de facultad.

A modo de corolario, dijo que sería bueno hacer una lista de los temas en los que deberíamos tener más claridad, en los temas importantes, ya que después se nos olvidan. Y que eso era el colmo: ni siquiera tenemos presentes los aspectos importantes de nuestra vidas en los que aún no hemos pensado.

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Es tanta la resistencia que vamos al psicólogo para que nos recuerde en qué debemos pensar. El asunto se puso picante y alguien arriesgó: “Vivir así es como vivir sin vivir”.

Fue una lástima, pero en el climax del razonamiento y justo antes de que la conversación no tuviera retorno, se cortó la pausa retomar una reunión rutinaria en la que revisamos los asuntos superficiales, intrascendentes y urgentes de todos los días.

Un conocido que se dedica estampar remeras, digámosle Ramiro, anteayer me contó algo sobre su negocio que me sorprendió:

– “Sólo me dedico a hombres. No trabajo para mujeres”, dijo.

La sorpresa vino a cuenta del tipo de productos que vende: como dije, remeras estapadas.

Por ejemplo, si un Centro de Estudiantes organiza una protesta porque un dictador argentino tiene el beneficio de la prisión domiciliaria, Ramiro hace las remeras con la consigna: “Cárcel para los genocidas”. Y si a esa protesta, Cecilia Pando le organiza una contra marcha para bregar por los derechos de los dictadores en el crepúsculo de sus vidas, Ramiro también le hace las remeras, que en este caso dirán: “Viva la patria, viva la libertad”

En América Latina las peores masacres y los vaciamientos más escandalosos siempre se hacen en el nombre de la patria y de la libertad.

Pero el tema era otro: tanto el Centro de Estudiante como los partidarios de lo que políticamente sería la ultraderecha, se encuentran en el local de Ramiro a la hora de retirar las remeras. Los representantes de cada grupo pagan y se van, y si se cruzan en la puerta, lo más probable es que se saluden amablemente, ya que ni siquiera se conocen.

Es el mercado y su lógica más cruda: los ideales, principalmente, sirven para factuar.

Entonces, en presencia de productos (remeras) que duran un suspiro. Es decir, que luego de cada marcha, se estiran o se encogen o se rompen, porque son de la peor calidad (US$ 4, por remera estampada para una marcha, son casi descartables), mi reacción fue inmediata. Y no por una cuestión de diversidad e igualdad de los derechos, sino por una cuestión de mercado.

– ¿Cómo que no atendés mujeres? ¿Por qué? Te estás perdiendo todo un mercado… (dije casi en tono de burla)

Pero la respuesta fue contundente y con la mísma lógica capitalista:

– Porque los hombres son más fáciles. Yo vendo remeras. Si un hombre quiere una remera estampada, elige la estampa, y cuando le pregunto el color me dice: “Dame cualquiera, elegila vos, la que quede mejor”. En cambio a una mujer, después de que le mostré 4 tonos de naranja, me pregunta si no tengo alguna más tirando al salmón. ¡En una remera que va a usar 10 minutos!

Y me quedó claro, el negocio del estampado prefiere a los hombres.

Pero más allá de que el comentario me causó gracia, reafirma mi creencia de que es casi imposible que hombres y mujeres estén bien comunicados. Porque todo es difernte: intereses, deseos, cuerpos. Y a eso hay que sumarle que estamos en la “Cultura del envase” (definición de Eduardo Galeano)

Estamos en plena cultura del envase:
El contrato de matrimonio importa más que el amor,
el funeral más que el muerto,
la ropa más que el cuerpo,
la misa más que Dios.

Es decir, más allá del género, estamos condenados a la incomunicación.

Un último consejo para Ramiro, y para todos los emprendedores que estén buscando un nuevo nicho: hay dedicarse a comercializar almohadas que te abrazan. Nadie se niega a un abrazo sincero en plena crisis. Feliz día de la mujer.

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(Vía)

Hace unos días, volviendo de una reunión para la oficina, agarré un lomo de burro con el auto y rompí el silenciador del caño de escape. En Buenos Aires, la sensación térmica rondaba los 40 grados, la humedad era insoportable y yo parecía arriba de un fórmula uno escandaloso, que paseaba a A 40 km/h por una ciudad que, lo juro, se deformaba por la temperatura.

A pesar del calor que me nublaba las ideas tuve un momento místico y la verdad desnuda se presentó ante mis ojos transpirados: o llevaba a arreglar el auto en ese mismo momento o arrastraba el problema los próximos dos meses. ¿Qué debía hacer? ¿Volvía a la oficina o resolvía el tema del auto?

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¿Que criterio utilizamos como lectores para establecer una selección de blogs favoritos? ¿Por qué determinados blogs son de lectura compulsiva y otros no?

Está claro que existe una lógica inicial relacionada con: 1) Nuestro interés en los contenidos abordados 2) Que además esos contenidos sean de calidad;  y 3) Que la frecuencia de actualización sea alta.

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Eso está claro. Esa es la parte racional. Pero lo que me interesa saber es qué cosa nos obliga a volver a un blog una y otra vez. Y a marcarlo como Favorito.

Tengo una hipótesis. Pero no es una sola cosa, son dos.

1. Establecer un vínculo emocional.

Es el punto más obvio de los dos. No hace falta ser Goleman, el gurú de la inteligencia emocional, para darse cuenta del asunto.

Uno de los motivos por los cuales se decide seguir a un blog es porque hay una conexión que va más allá de las palabras; eso es un vínculo emocional. Existe una cercanía con el autor aunque nunca jamás se haya cruzado una palabra.

A veces se lo odia, otras se lo admira. Pero nadie sigue a nadie por indiferencia. ¿Quieren ser favoritos de alguien? Procuren establecer vínculos emocionales. ¿Y eso cómo se hace?

2. Hay que encontrar un error en la Matrix.

Luego de leer el punto inicial, ya se puede pensar: “otra vez el bullshit de lo emocional”. Si bien se mantiene subvalorada, la inteligencia emocional es un atributo determinante en la construcción de relaciones, y a pesar de ser bastante conocido, también es un concepto bastante descalificado.

Pero existe algo más, algo intangible, algo difícil de medir más allá de las cuestiones vinculadas a las emociones.

Ese algo que va más allá de las cuestiones técnicas, del diseño, de la periodicidad, de la temática, y que construye los vínculos emocionales a máxima velocidad -y que los mantiene Top of Mind, como les gusta decir a los marketineros- ya lo vimos en la película matrix.

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¿Qué hay que hacer para que un post sea inolvidable y el blog diferente al resto de los blogs?

Hay que desarrollar el olfato. Estar en el momento justo para descubrir los errores en el sistema, como le pasó a Neo casi de casualidad. Neo, además del elegido, sería un buen periodista.

En la escena anterior de la película Matrix, Morfeo y los suyos descubren un error en el sistema cuando Neo tiene un “Déjà Vu”. Observa que un gato negro pasa dos veces por el mismo lugar, y entonces se dan cuenta que la Matrix había sido alterada. Dos veces el mismo-idéntico gato era un error en el sistema (tema ya abordado un tiempo atrás).

Con el contenido pasa lo mismo. Cada tanto aparece un error en el sistema. Y los bloggers que lo descubren, se transforman en Favoritos de muchos.

Con tanto contenido nuevo en cada amanecer, con tantas personas interesantes generando material valioso, además de un lector de feeds, necesitamos desarrollar un instinto especial que por el momento no viene con Google Reader. Aunque con Google nunca se sabe.

Necesitamos algo que, como lectores, nos permita detectar contenido valioso y, como editores, generar contenido valioso. Y ese algo es la habilidad para descubrir los fallos del sistema, dentro de cualquier ámbito de interés. Los mejores bloggers, sin dudas, son los que más rápido se transforman en cazadores de Déjà Vu.

¿A qué me refiero con errores en el sistema? Dos ejemplos:

  1. La señora de los velorios, en eBlog. Es increíble que en el World Trade Center, el mismísimo corazón herido del imperio, tenga en sus paredes a “la señora de los velorios”. Es una muestra de que el mundo no está en sus cabales, y la hipocresía domina la escena mundial. La señora de los velorios, ahí, en el centro del inconsciente colectivo de la humanidad, es, sin dudas, un Déjà Vu como los de Matrix.
  2. El taquero chorro, en Orsai. Un diálogo delirante con un policía que roba contenido en Internet.

Cuando cualquier autor, sin importar su nacionalidad, edad, o el prestigio que le otorguen sus credenciales académicas o profesionales encuentra y comparte un error en el sistema, una de esas contradicciones que deja en evidencia que el mundo está loco, está un paso más cerca de que su blog vaya directamente a los favoritos de alguien.

Y se transforme en uno de esos que espacios que no alcanza con seguir desde el lector de feeds, sino que es necesario navegar como Dios manda: abriendo una pestaña de Firefox para recorrerlo en toda su dimensión.

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Además de ser un complemento profesional, una vidriera para asuntos específicos y un modo de expresión, un blog también es un registro fiel de nuestra historia personal.

Los textos generados, incluso los más técnicos, están pintados con los colores de nuestra vida presente. Por ejemplo, al leer a un padre primerizo es fácil percibir el momento especial que le toca vivir. Más allá de lo que cuente, más allá de que publique o no una foto de su hijo recién estrenado, sus palabras están teñidas de una alegría y un optimismo imposibles de ocultar.

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Un blog es una suerte de escribano imparcial y objetivo de nuestra historia. Es un registro involuntario de nuestra vida cotidiana.

– ¿Y por qué involuntario, si en el blog registramos lo que deseamos registrar, en todo caso sería voluntario?

La parte de involuntaria, justamente, es la que se cuenta sola. Es nuestra impronta personal en el tono, en la elección de los temas, en el enfoque asociado a nuestro conocimiento actual, a nuestra filosofía de vida, a cuestiones intangibles que no se pueden ocultar ni falsear. Incluso si mentimos, dejaremos el registro de una mentira. Así seamos solo nosotros los únicos capaces de distinguirla.

La escritura y el pasado

Lo bueno de leer textos que uno mismo escribió años atrás es que nos permiten revivir la vida emocional que llevábamos entonces: qué sentíamos, cómo pensábamos, en qué creíamos.

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A la vez, eso mismo genera un sentimiento ambivalente. De pudor por un lado, una suerte de incomodidad de la que queremos liberarnos lo antes posible; pero por otro lado, nos interesa recordar cómo pensábamos entonces. Aunque sea brevemente, nos interesa leer esos textos que nos muestran la persona que éramos. Pero solo un poco.

Al recordar el pasado a través de un texto, rápidamente surge el deseo de volver a concentrarnos en el vertiginoso presente.

Sin embargo, algo diferente ocurre con los recuerdos. A estos podemos dedicarle horas y horas, solos, en una rumia mental interminable, o en jornadas también interminables con amigos y ex compañeros de algún ámbito que nos amontonó por una casualidad del destino, y con los que se comparte ese  pasado que ya no es.

Y esto ocurre porque los recuerdos son como las ideas, intangibles. Los recuerdos no nos comprometen, porque al no materializarse, no dejan de ser vividos como consideraciones subjetivas. Y por ende, inofensivas.

Por el contrario, el texto es la prueba concreta de la relatividad de nuestras ideas, de cómo vivíamos la vida en ese pasado que a veces idealizamos, estigmatizamos o congelamos, según que nos convenga ahora.

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También deseamos huir de los textos del pasado porque de alguna manera es asumir que si algo que defendimos con tanta determinación, hoy, a la luz de los hechos, comprobamos que fue errado… ¿cómo no dudar de que hoy no estemos igual de equivocados en relación a mañana?

Mejor no pensar, o pensar solo en lo urgente.

Todo esto ocurre cuando nos enfrentamos al pasado a partir de una evidencia concreta como puede ser un texto, una foto o un video (dirían Les Luthiers: ¡suéltame pasado!). Es común escuchar a diversos escritores contar que lo que escribieron de jóvenes ya no les gusta, y es porque les provoca esa incomodidad de la que hablábamos. Pero no se trata del material en sí, de la técnica, sino de la imagen de ellos mismos que le devuelven las palabras que elegían para contar una realidad sin perspectiva histórica.

Lo que incomoda no es el papel, sino observar en frío, descarnadamente, los errores cometidos por pecados muchas veces evitables como pueden ser la soberbia, la arrogancia o la omnipotencia, que nos ayudan a disfrazaban defectos de virtudes.

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Leer lo que escribimos en el pasado nos trae al presente los aspectos en los que hemos evolucionado o involucionado como personas. Podemos apreciar cómo el paso de tiempo, en general, transformó ingenuidad en sabiduría, pero también en hastío.

Lo de la sabiduría es conocido y en mayor o menor medida, experimentado por todos: las personas que viven enfrentando desafíos y superando obstáculos, se vuelven más interesantes. Esa es la sabiduría que da la experiencia, que da cada batalla, más allá del resultado.

Mientras que la ingenuidad es una característica menos clara para nuestro análisis como personas. La ingenuidad, de alguna manera, es positiva. Es un rasgo de salud mental. Las personas ingenuas son personas sanas, agradables, inofensivas, alegres. Sin embargo nunca pensamos en nuestro costado ingenuo.

A lo sumo, nos entretenemos con el pudor que provoca el pasado y evitamos enterarnos de lo que nos pasa en el presente.

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Es raro que alguien que pierde la ingenuidad no se vuelva un poco más cínico, más descreído, más pesimista. No es que una cosa reemplace a la otra, pero en el momento que en una determinada área se pierde la ingenuidad, hay algo que desapareció para siempre. Y que hay que reemplazar por la construcción de otro valor.

Una de las cosas que más me entusiasma de este blog es que va a dejar un registro histórico de la forma de pensar y de sentir, de los avances y retrocesos, de las cosas vividas que, aunque no queden literalmente reflejadas en estas líneas, sí quedarán reflejadas en el estilo de la escritura, en la impronta de las palabras elegidas, en la intención de fondo.

Todo el mundo debería escribir un blog.

inCompany, apuntes de Comunicación Interna, Cultura y Clima Organizacional dispersos en la red.

La información satura, la competencia llega desde todos los ámbitos y el trabajo en equipo escasea. La crisis no da respiro, recursos humanos piensa qué puede hacer y cada vez hay menos tiempo libre (pero más locura).

Por suerte, se acerca el verano para poder descansar en la playa, estudiar los 64 tips para usuarios empresariales del iPhone, entender cómo se negocia con un jefe o repasar el ranking de blogs sobre dirección de personas (que debe dar muuucho trabajo preparar).

Y mientras te cocinás un huevo frito y el almuerzo se mantiene caliente vía USB, podés reflexionar en la pregunta de la semana: ¿Crear o consumir?

Hasta el próximo sábado.

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Este año atravecé dos momentos de angustia irracional. El primero fue hace unos meses cuando se me cayó la llave de casa por el pozo del ascensor. La reacción inicial fue de desolación, una angustia incomprensible y arrasadora como si en ese agujero oscuro habitara un dragón al que hubiera que despertar para recuperar las llaves.

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Cuando le conté la tragedia al encargado (decirle portero al encargado, es como decirle bañero al guardavidas: no les gusta); cuando le conté al encargado, decía, debe haber visto mi cara deformada por la impotencia que me produjo la situación, que rápidamente trabó el ascensor entre la Planta Baja y el primer piso, y con un un palo de escoba que tenía un gancho de percha atado con alambre y un desinterés similar al de un padre que sostiene a su hijo para que atrape la sortija en una calesita, me hablaba de la formación de Boca mientras recuperaba las llaves. Exagerando, debe haber tardado unos 10 segundos.

Fue todo tan rápido que pude contrastar con claridad las sensaciones opuestas: la angustia inicial por la pérdida vs. la intrascendencia de la situación. La amargura excesiva vs. la magnitud real del problema. Por algo que se resolvía sin mayor esfuerzo, me ahogué en un vaso de agua. Y lo peor, guiándome por la tecnología utilizada para el rescate, le debe haber pasado a medio edificio.

El otro momento de angustia desproporcionada ante el tamaño del conflicto, fue cuando se rompió la cafetera en la oficina. Llegar y que no hubiera café fue como romper el auto a las tres de la mañana en la Ruta 2: deprimente. La angustia era distinta, pero con un condimento de irracionalidad similar. No había más que comprar otra cafetera en 85 cuotas en alguna casa de electrodomésticos. Pero no, por unos instantes pensé que el café se había terminado para siempre.

Ambos episodios tiene en común el miedo al cambio, a la perdida de la comodidad, a la falta de apertura con la que nos enfrentamos a situaciones imprevistas, o como se dice cuando se habla de cambio organizacional, a pensar out of the box.

A continuación una hermosa galería de Tonx, el artista del café, que pensó que existía otra manera de servirlo. Y descubrió un mundo.

En preparación:

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Las figuras ya terminadas:

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Buuuuu, fantasmas:

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Animalitos simpáticos:

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Vía: haha.nu / vía: hombrelobo

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Muchos de los que nos criamos en un club jugando a todo lo que se podía, compartimos durante años una regla no escrita: los deportes que tenían una red en el medio casi que no eran deportes. Por un lado estaban el fútbol, el básquet, el rugby, el boxeo y el hockey sobre césped, que eran eran deportes para personas con carácter. Y por otro el voley, el tenis, la natación y el atletismo, que eran como el ajedrez, deportes para gente con problemas para sociabilizar o que no le gustaba compartir.

Eran deportes de hijo único.

Si el juego no favorecía la fricción, la competencia desmedida, o no se practicaba en entornos inestables y algo violentos, no valía la pena jugarlo. Para ser deporte, más allá de la cantidad de participantes, tenía que tener por lo menos dos árbitros que controlaran la insanía que se desataba por ganar, y a los que había que tratar de engañar a toda costa.

El deporte en los clubes, desde siempre, colabora en la formación de sólidos valores morales.

Otro ejemplo era el nado sincronizado, que solo se veía en las olimpíadas y en una clase semanal perdida en la pileta cubierta, y por supuesto, tampoco era un deporte. Más allá de que todas las nadadoras perseguían un objetivo en común, si cada una hacía lo suyo bien, el puntaje era perfecto. El trabajo en equipo o contra otro equipo era inexistente. Ergo, el nado sincronizado era como el ajedrez, pero en el agua.

Esa clase de razonamientos irracionales y prejuiciosos estuvieron presentes durante años. Sin embargo, había un deporte que, más allá de tener una red en el medio, generaba admiración y respeto, supongo que porque requería de una gran coordinación, habilidad y lucidez, y era tremendamente difícil de jugar en equipo.

Todavía no entiendo cómo cuando en las empresas se habla de deportes para graficar el trabajo en equipo no se habla del doble en Tenis de Mesa.

Me acordé de todo esto luego de ver el comercial del lanzamiento en China del Nokia N96, con Bruce Lee jugando al ping-pong con un nunchaku.

(Vía Inkilino)

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El peor accidente laboral que tuve se gestó a cuatro metros del piso. La sensación de estar en lo más alto de una escalera, y sentir que comienza a resbalar el punto de apoyo es de una desesperación difícil de transmitir, que además conjuga varias sensaciones:

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1. La conciencia

El momento en el que le punto de apoyo pierde estabilidad, se toma conciencia de lo inevitable. Se anticipa el golpe sin la posibilidad de dimensionar sus consecuencias futuras. Hay un instante inicial de sorpresa, de alerta, de momento presente, en el que se esboza una reacción esteril, pero luego, casi instantáneamente, nos damos cuenta de que el porrazo es un hecho, y sobreviene una rebeldía irracional ante un dolor futuro e injusto:

¡¡¿¿Pero si estoy viendo que me voy a golpear, cómo no lo voy a poder evitar??!!

No, ya es tarde. Hubieras pensado antes, parece decir la situación.

2. El susto

Una vez que la indignación pasa, sobreviene una horrible sensación de susto. Es anticipar algo que nos va a doler, pero todavía no, sino dentro en un ratito. Como los chicos cuando rompen algo o traen una mala nota y la madre los amenaza: “cuando venga papá, cobrás“. Entonces se quedan con el miedo casi psicópata del dolor a futuro. Les va a doler, pero hora no, cuando venga papá.

– ¡¡¡Prefiero que me peguen más fuerte, pero AHORA!!!

Esto es lo mismo, encima acelerado en el tiempo: te va a doler, pero ahora no, cuando se termine de caer la escalera. Ay.

3. El ridículo

También juega un papel inmportante el hecho de que con toda claridad se anticipa el ridículo. Es en un segundo plano, como una sensación lejana. Pero el ridículo está ahí.

– ¡Me van a ver cayéndome de una escalera como una bolsa de papas!

Esto me recueda a un amigo, Juan Pablo, que se reía cuando veía a alguien que se tropezaba en la calle. Si bien nos parecía una crueldad hecha y derecha, Juan Pablo se reía de tal manera, con tantas ganas, que todo el mundo terminaba a las risotadas. Hasta los más recatados, entrábamos en contradicción por el festejo desatado ante el mal ajeno. Lo curioso es que nunca nadie nos dijo nada. Creo que las víctimas involuntarias solo pensaban en escapar del ridículo momentáneo.

Todo esto -la toma de conciencia, el susto y el ridículo- ocurre en breves segundos, antes del detalle final, antes de la frutilla que coronará el episodio, que no es otra que el grito del accidentado. Por si alguna vez se encuentran en la incómoda posición de saberse cayendo de una escalera, es bueno tener presente algunas recomendaciones.

El grito debe producirse en el instante previo a que el cuerpo toque el piso. Solo un segundo antes. Ni más ni menos: un segundo. El grito no debe ser producto de la casualidad ni de la desesperación, debe ser una decisión estratégica:

1. Necesitamos asegurarnos de que alguien nos escuchará, y podrá brindarnos auxilio llegado el caso de que el accidente sea tan grave que nos deje mudos o inconscientes.

2. También ocurrirá que durante la caída estaremos ocupados tratando de, justamente, caer de la mejor manera posible, con lo que no queda tiempo para gritos estériles o histéricos.

3. Y por último pero no menos importante, debemos evitar las miradas indiscretas todo el tiempo que sea posible. El grito no es cualquier momento: es un segundo antes de estrellarnos.

Pero no se asusten, todo esto es fácil de recordar. Bajo presión uno piensa mejor, y el proceso ocurre con una fluidez asombrosa. Ya tienen la información, pueden estar tranquilos que estará disponible en el momento oportuno.

En definitiva, se trata de una fea experiencia que no le deseo a nadie. Y si ven el video a continuación, no se rían.

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Me entero vía Benito Castro que el Observatorio de Comunicación Interna e Identidad Corporativa estrena web. Si bien no tuve tiempo para leerlos, encontré tres archivos en .pdf que, por lo menos desde el título, prometen:

1. Marca Interna y mandos intermedios.

2. La Comunicación Interna en la Administración Pública.

3. El liderazgo en Comunicación Interna.

Subir un .pdf a la web garantiza un descenso en el índice de lectura y atenta contra la viralidad propia del medio, pero en el fondo, es una obra de bien. Es un guiño hacia la profesión, un gesto de consideración o, exagerando un poco, un acto de amor. Me gustan los materiales en .pdf más por lo que implican que por su contenido. De alguna manera, los desarrollos en .pdf para web tienen un mérito extra.

Cuando encuentro esta clase de archivos pienso que alguien -en general más de una persona- se esmeró en generar un documento agradable a la vista. Presupongo que es gente que reflexionó bastante en lo que tiene para decir, que considera que es imporante y que, sea lo que fuere, ya está listo para ser dicho. O por lo menos está lo suficientemente listo como para pasarlo a .pdf.

No estoy hablando de convertir un .doc a un .pdf. Estoy pensando en el tipo de material que tuvo que pasar por un programa de diseño editorial, puede ser el InDesign, y también por el afamado Photoshop, para retocar alguna imagen. Y no sólo eso, también tuvo que pasar por las manos artísticas de un Diseñador Gráfico y toda su cosmovisión.

Todo aquel que ha tratado con un Diseñador Gráfico aunque sea una vez en la vida, sabe que la última palabra nunca está dicha y que discutir con un Diseñador Gráfico es equivalente a tomar el cielo por asalto. Un material en .pdf también suele cargar con muchas horas de corrección. De lectura y relectura. De análisis, de seguridades, de inseguridades y otra vez de seguridades. Todo para que alguien que piensa que las palabras son imágenes no quiera agrandar un punto la tipografía, “porque así queda más fino“.

– ¡Pero no lo quiero más fino, quiero que se lea!

Después me irrito y me dan el gusto porque soy el jefe, mientras revolean la cabeza para los costados, pensando que no entiendo nada. Tanta catársis debe ser por años de tensión acumulada. El asunto es que todo esto no pasa cuando se genera un post. Ahí las cosas son más efímeras. Se piensa un idea, como esta sobre los .pfd por ejemplo, y luego se presiona publicar. Además, si alguien se olvida de algo o luego lee lo que publicó y no le gusta del todo lo que lee, lo modifica veloz y alegremente, sin pedirle permiso a nadie. Y menos a un Diseñador Gráfico que, cual Boy Scout impiadoso, estará siempre listo para revolear la cabeza ante nuestro primer desliz estético.

Por eso, cuando encuentro un .pdf para web sobre Comunicación Interna o alguna temática vínculada a la vida organizacional, me siento en la obligación moral de guardarlo en mi del.icio.us con la secreta esperanza de que algún día tendré el tiempo para leerlo. Digamos en esta vida.

Aclarado lo aclarado, comparto algunos de los .pdf que tengo en lista espera:

4. New Frontiers in Employee Communications (Edelman, 2006)

5. Tendencias. Comunicación Interna 2.0

6. Dear CEO: A letter about Employee Comunications (este sí lo leí, como comenté algún tiempo atrás).

7. Manual de uso del blog en la empresa de Alberto Ortiz de Zarate, en la página 83 tiene un capítulo sobre “Blogs para comunicación interna y gestión del conocimiento”. (Una pequeña disgresión con algo de autobombo: en este momento, en la agencia, estamos desarrollando diversos módulos para integrar a una aplicación 2.0 de comunicación interna y gestión del conocimiento, y tengo que decir que es uno de los proyectos más complejos en los he participado, por la disparidad de criterios y know how que está involucrado. Espero compartir ese conocimiento en un futuro).

Y por último, aunque no es un .pdf, dejo el link a una wiki titulada The Handbook of Internal Communications que parece estar hecha con la misma dedicación. Sobre la derecha de la pantalla, van a encontrar un menú con varios artículos. Intuyo que Creating an Internal Communication Strategy es el que más me va a gustar.

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Martín Enrique Fernández

MAF
En este espacio escribo sobre las personas que generan corrientes de pensamiento en algún campo en particular, sobre ideas y herramientas de comunicación interna y sobre el proceso de cambio cultural permanente en el que se encuentran las organizaciones. Las personas. Las ideas. Las organizaciones. En ese orden.

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Presido la consultora especializada en Cultura de HSE, Antropología Corporativa y Comunicación Interna, Whycomm S.A.
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