Durante 14 años, un gato gordo, peludo y cómodo, apodado Chochi, fue amo y señor de las diferentes casas en las que vivimos. Además de cumplir años el mismo día que yo, el Chochi tenía mis mismos derechos, con lo que siempre lo consideré uno más de la familia.
Recuerdo que su lugar favorito en el último departamento que compartimos, estaba justo debajo del marco de una puerta, previo a un pequeño pasillo que daba a mi pieza.
Así, cuando yo quería pasar hacia mis aposentos, tenía que saltarlo con un tranco largo, ya que lo último que pensaba hacer el Chochi en el mundo, era moverse.
Pero como de noche no se veía bien y muchas veces yo no prendía la luz del pasillo, cuando cruzaba por esa puerta, sin saber muy bien si el Señor estaba, daba un salto pronunciado por temor a pisarlo. O sea, por las dudas, yo igual saltaba. Lo saltaba al Chochi, de día o de noche.
Cuando el Chochi murió, durante un buen tiempo, seguí saltando como si estuviera ahí. Saltaba de memoria, y cuando pasaba al otro lado, me acordaba que el Chochi andaba por el cielo de los gatos, que seguro estaba lleno de comida.
Muy pero muy de vez en cuando me acuerdo del Chochi. Y es raro, porque lo recuerdo con mucho cariño, con mucho más amor que cuando vivíamos bajo el mismo techo. No tengo dudas de que hoy lo cuidaría mucho más de lo que lo cuidé de infante.
Y eso que es una gran verdad que los gatos no dan bola a nadie. Uno es un proveedor de alimentos, y algunos mimos cuando quieren ronronear. Pero es uno el que se encariña. El gato, nada. Es afecto en un solo sentido.
Quien sea que haya dibujado la siguiente viñeta lo tenía todo muy claro.
Pepsi lanzó en Argentina una campaña en la que se atreve a modificar su propia marca aprovechando un localismo. En un gesto de audacia y frescura, la propuesta creativa se anima a jugar con la mala pronunciación de la marca, asegurando que el 24,3% de los argentinos dicen Pecsi en lugar de Pepsi.
Sin ningún dato confiable, me animo a decir que la campaña funciona muy bien. Y para fundamentar el por qué, voy a hacer lo que el ABC de la comunicación dice que no hay que hacer: tomar la propia experiencia -aislada y subjetiva- como una fuente de información válida.
El asunto es que el jueves pasado fui a comprar el almuerzo para llevarlo a la oficina, y mientras decidía de qué iba a ser el sándwich, me adelanté a pedir la gaseosa, y pedí “una PeCsi”. Hasta ahí nada que no deba haber hecho todo el mundo.
Como les comentaba, la campaña es una bocanada de aire fresco, y el chiste es fácil y tentador. La campaña es muy pegajosa. Es muy fácil decir:
- “Una PeCsi por favor”.
Y acá entra el detalle autoreferencial cuasi maradoniano. Yo no tomo Pepsi, tomo Coca-Cola. El asunto es ideológico.
Todo comenzó hace varios años, cuando se lanzó el “Desafío Pepsi” en Argentina, en el que se podían probar las dos gaseosas sin ver cuál se estaba tomando (se escondía la marca), y luego había que elegir cuál de las dos gustaba más. En esa época, yo era adolescente y en mi colegio nos dividimos en bandos. Yo quedé del lado de la Coca-Cola.
Así, durante todo el secundario mantuve una discusión irracional sobre qué bebida era más rica. Y me había embanderado en la causa Coca-Cola con un ímpetu desmedido. Escribo esto y pienso que el Che Guevara se debe estar revolcando en su tumba.
El asunto es que con los años me olvidé de que una me gustaba más que la otra, pero me quedó la costumbre en la elección. A la hora de pedir, pido “Coca”, con un leve registro de que la opción es consciente.
Entonces, cuando de la nada, me escuché pidiendo PeCsi, me sorprendí. Me sorprendí de escucharme pidiendo algo que sé que no pido. Porque una cosa es que la publicidad me engañe y me genere el deseo de comprar un iPhone, y otra es que venza una causa adolescente con solo dos comerciales bien producidos.
Le comenté la campaña a quién me estaba preparando el sándwich, y coincidimos en que a los dos nos gustaba el mismo comercial: el de Mostaza Merlo, un ex futbolista que se caracterizó por su juego sucio, que cuando le preguntan si se dice “foul o fau” responde “no sé, yo siempre fui a la pelota”.
Para no hacer más largo el post, luego voy a dejar un comment de por qué me causa gracia el de Mostaza en particular y a continuación dejo el que sin dudas es el mejor comercial de la serie:
En resumen, la campaña me cayó tan simpática, que me hizo pedir PeCsi. Y es probable que mientras esté en el aire, yo siga tomando PeCsi (aunque nunca se sabe, los consumidores somos impredecibles).
En una suerte de Meme que no llega a ser tal, me tomo la libertad de preguntarles algunos amigos de la red como Alfonso, Senior y Diana (de España), María Pastora (de Chile), Claudia (de República Domínicana) y Lorena (de Colombia) si pueden dejar algún comentario con su sensación general de este comercial.
Me gustaría saber si se entiende y si les parece o no graciosa la campaña. Y por supuesto cualquier otra observación que tengan ganas de hacer.
De más está decir que todo aquel que desee comentar está invitado. Me genera cierta curiosidad saber cómo ven la campaña desde afuera, desde otros países, y qué opiniones genera el cambio en la marca.
Por último, resta agregar que también se desarrolló la Pecsipedia, una wiki que contenía más de 1300 palabras mal pronunciadas en Argentina (ya no está online) con el mismo humor que propone la campaña, una cuenta en Twitter y el canal en YouTube para ver todos los comerciales.
Creo que de no ser por el tono ultralocalista de la campaña, estábamos ante un comercial que podría producir resultados históricos. Y esto lo digo con fundamentos. Me pasó a mi.
Más o menos en la misma época que leí “Demian“, también leí “La extraña vida de Ivan Osoquin” (.pdf al libro). Yo era chico y la literatura fantástica/esotérica me encantaba. La niñez es una buena época para estímulos literarios de esa naturaleza.
Luego uno crece y hay una tendencia natural durante un tiempo a orientarse hacia textos académico. Después se pasa a los “casos prácticos”, para, finalmente, volver a las lecturas en búsca de sentido. En fin.
El libro de marras comienza con los últimos días de vida de Ivan Osoquin, el protagonista, conversando con un mago, “un anciano encorvado con una aguda y penetrante mirada” al que le gustaba “el buen brandy y los cigarros”, que no era como los magos de ahora, como Harry Potter, sino un hombre robosante de sabiduría.
El asunto es que Ivan Osoquin, le dice al mago que si pudiera vivir de nuevo su vida pero conociendo los acontecimientos, no cometería los mismos erroes.
Para hacerla corta, el mago se ríe y le concede la oportunidad de volver a vivir con la ventaja de recordar todo lo que sabe sobre su vida anterior. Pero lo advierte sobre que como es la misma persona, realizará las mismas acciones, que traerán los mismos resultados.
Como es de esperar, Ivan Osoquin vive la misma vida, con los mismos erroes. El libro, en su nudo central, narra esta segunda oportunidad y esta repetición de fracasos conscientes. Aunque no parezca, es una lectura muy llevadera, con mucho ritmo y la moraleja está en uno de los últimos capítulos llamado “La vuelta de la rueda”.
No voy a contar el final por si algún lector se motiva y desea leerlo. En última instancia, el objetivo del post es compartir esta viñeta: ¡es la vuelta de la rueda organizacional!
Uno de mis isologotipos favoritos es el de Federal Express. Y el motivo es que encierra una sutileza: si prestan atención encontrarán una imagen “oculta” vinculada al core de la compañía.
El asunto es que cada vez que me cruzo con la marca en la calle tengo la oportunidad de lucirme sin esfuerzo, a costa de transformar a mi ocasional interlocutor en una víctima, con una conversación calcada:
Yo, con cierto aire casual:
- ¿Sabés qué es lo que más me gusta de la marca FedEx?
Al ser inesperada, la pregunta sorprende, y genera cierta intriga.
Víctima ocasional, con las expectativas en alza:
- No, ¿qué cosa?
Me, again, seguro de mí mismo:
- La flecha.
Víctima ocasional, aún despistada:
- ¿Qué flecha?
Yo, ahora simulando la humildad de los sabios:
- Si te fijás bien, entre la E y la X se forma una flecha, que refleja el espíritu de la marca, sus atributos de velocidad, servicio, bla, bla, bla…
La reacción de sorpresa es instantánea, ya que la flecha se distingue en forma inmediata.
Víctima ocasional:
- ¡Sí, qué bueno!
Si bien no es un gran descubrimiento, es uno simpático. Nunca conocí a nadie fuera del micromundo de la comunicación que se haya dado cuenta por sí solo del detalle. Ni siquiera que lo haya escuchado en algún lado. Son temas que a la gente normal no le interesan.
La gente -ese colectivo difuso al que cariñosamente llamo víctimas- siente que ahora sabe algo más. Y es cierto, en efecto sabe algo más. Algo que no le va a servir para nada, algo que no puede aportar sentido a la vida de nadie, pero algo al fin. Eso pasa con el saber.
Y luego del breve intercambio, poniendo mi mejor cara de especialista, cambio de tema. De alguna manera, queda flotando en el aire que es uno de los tantos secretos de la psicología de masas que domino.
Gracias a un post en el blog de Arturo Goga llegué a otras marcas que esconden mensajes ocultos, de los que no me había percatado, y que me aseguran nuevas oportunidades de afirmar mi imagen de experto ante futuras víctimas desprevenidas.
Los cuatro que más me gustaron:
amazon.com
Dos detalles en uno: la flecha indica que desde la “A” a la “Z” encontrarás todo lo vinculado a las letras, y por el mismo precio también representa la sonrisa de atención al cliente. Una genialidad (unaverdaderalástimaelúltimobochorno).
HORROR FILMS
Genial otra vez. No se me ocurre otro adjetivo. Se puede ver la cara de horror y a la vez una cinta. Síntesis en estado puro. Genial. ¿Ya lo dije?
Toblerone
Por lo menos una vez por año, compro Toblerone. Lo tengo asociado a los viajes. Sin embargo nunca había puesto mayor cuidado en la marca.
Parece que el Toblerone es de la ciudad de Bern, en Suiza, también conocida como “Ciudad de los osos”. Si prestan atención, en medio de los Alpes se puede ver la figura de un oso. Genial
yoga australia
Este es más difícil de adivinar, incluso ya conociendo de qué trata el post. ¿Alguna idea? Si aún no lo sacan, acá hay una pista.
Necesito hablarles en primera persona a ustedes que componen la comunidad fiel de lectores de InternalComms, que con alegría veo crecer día a día.
El tema en cuestión puede parecerles intrascendente pero no lo es, ya que involucra uno de los grandes misterios de la comunicación: el misterio de la percepción.
El problema de escribir con relativa asiduidad sobre chirimbolos tecnológicos (mejor conocidos como “gadgets”) es que ahora que salió uno que de verdad vale la pena, todos los adjetivos para describirlo que tengo disponibles en mi repertorio idiomático, todo el universo de sensaciones que provocan, ya los he utilizado.
De hecho, ese es el objetivo principal de estas líneas previas: aclarar.
Siento la necesidad de aclarales que esta vez, y solo esta, es la que vale.
El resto fue todo un gran chiste, fue inexperiencia, o, para no ser tan duro, digamos, fueron experiencias menores, intrascendentes; se trataba de valoraciones erróneas, de sobre estimación de las cosas, de simples percepciones desenfocadas.
Me ocurrió como cuando era un niño, que me asombraba con cualquier cosa. Me dejé llevar. La curiosidad siempre ha sido una virtud en mí, mientras que uno de mis principales defectos es que soy muy generoso (juas!, me encanta la gente que como defecto tiene una virtud: “mi defecto es que voy a fondo con las cosas”, por ejemplo).
En fin, la curiosidad lleva al entusiasmo y el entusiasmo nos hace perder objetividad.
Pero los años pasan y las experiencias se amontonan. Casi sin querer uno empieza a comparar y se da cuenta de que las propias percepciones iniciales rara vez son fidedignas.
Y ahí el asunto se vuelve más complicado aún: porque las experiencias solo se acumulan con el tiemo y el tiempo solo corre hacia adelante. O sea, es imposible no pecar de soberbio.
En las empresas a todo este curioso y natural proceso de la vida le dicen “Seniority”.
Les ocurre también a las madres primerizas, que piensan que sus hijos son irrepetibles porque aprenden a aplaudir y a tirarse la papilla en la cara al mismo tiempo, o cuando a los 10 años ya pueden atarse los cordones solos. Verdaderos genios del conocimiento.
Una última analogía para explicar el asunto es la primera vez que nos rompen el corazón, que suele dejar una marca iniciática: como aún no conocíamos el dolor que provocaba, siempre lleva un tiempo considerable reponerse.
Pero como el del amor es un terreno lleno de espinas, vamos a evitarlo cobardemente.
Y todo es para tratar de graficarles que con el asunto de los gadgets me ocurrió lo mismo. Como no tenía con qué comparar, pensaba, entusiasmado, que cuando descubrí la pochoclera retro estaba viviendo una experiencia única e irrpetible.
Ahora que se entendió la idea, quiero decirles, estimados lectores, que me hubiera gustado no haber reseñado nunca ningún gadget, no haber hablado jamás de ningún juguete para la oficina, solo para poder decir que lo que realmente deseo, por fin, ha sido fabricado.
Desde hoy, sin temor a equivocarme, puedo decir que mi vida recobró sentido, que tengo un nuevo motivo para ir a trabajar por las mañanas, ya que encontré el gadget definitivo, el que, esta vez sí, va a ser imposible de superar: el robot que prepara café.
Días atrás escuché una idea que me sorprendió por su lucidez y simplicidad, y también porque no era algo que esperara escuchar en ese momento.
En una pausa de una reunión que se hacía larga, alguien explicó así como al pasar que había infinidad de temas en los que le gustaría pensar, pero que al no tener el tiempo para hacerlo, no pensaba. Y que al no tener una opinión o juicio formado, cuando le tocaba actuar en relación, se movía instintivamente, sin un componente racional o una mínima convicción personal. Era el Just do it de Nike, pero mal entendido.
Lo interesante fue que la reflexión no era una autocrítica, sino que era una descripción de su situación. Y otro punto interesante era que no hablaba de un aspecto profesional, es decir, de temas en los que debería tener opinión o conocimiento pero no lo tenía.
No, al contrario, hablaba de aspectos en los que NO teníamos -y nos incluyó a todos- la obligación de reflexionar, pero en los que SI era conveniente pensar en profundidad. Sin embargo se daba cuenta que detrás del título o enunciado del tema (por ejemplo: qué opinaba sobre cómo reaccionar cuándo alguien lo agredía), más allá de las ideas básicas recibidas en nuestro hogar, no dedicábamos tiempo para pensar qué pensábamos del tema. O si alguna vez habíamos pensado.
Y que eso era muy inocente: era dar ventaja. Desconocer qué pensamos es desconcer el mundo en el que vivimos.
Alguien le recomendó que hiciera terapia, y todo el mundo soltó una risita nerviosa para salir del paso. Pero el asunto estaba tan interesante que a pesar del boicot involuntario y de estar parados al lado de una máquina de café, la conversación siguió adelante.
Dijo que eso también le ocurría profesionalmente, que no se limitaba a lo personal. Que, por ejemplo, para opinar de la pena de muerte no se había tomado el tiempo suficiente para descubrir (esa palabra uso) en profundidad cuál era su opinión, más allá de las ideas ya instaladas sobre lo correcto y lo incorrecto.
Que tenía intuiciones de lo que estaba bien o mal, pero no certezas. Y que no se podía tener certezas sin un período previo de reflexión.
Pero a la vez, los temas para reflexionar eran tantos, que el asunto se volvía imposible. Que había temas en los que por la urgencia se debía opinar como adolescentes tardíos y aturdidos, que repiten como loros lo que escuchan en su primer año de facultad.
A modo de corolario, dijo que sería bueno hacer una lista de los temas en los que deberíamos tener más claridad, en los temas importantes, ya que después se nos olvidan. Y que eso era el colmo: ni siquiera tenemos presentes los aspectos importantes de nuestra vidas en los que aún no hemos pensado.
Es tanta la resistencia que vamos al psicólogo para que nos recuerde en qué debemos pensar. El asunto se puso picante y alguien arriesgó: “Vivir así es como vivir sin vivir”.
Fue una lástima, pero en el climax del razonamiento y justo antes de que la conversación no tuviera retorno, se cortó la pausa retomar una reunión rutinaria en la que revisamos los asuntos superficiales, intrascendentes y urgentes de todos los días.
Un conocido que se dedica estampar remeras, digámosle Ramiro, anteayer me contó algo sobre su negocio que me sorprendió:
- “Sólo me dedico a hombres. No trabajo para mujeres”, dijo.
La sorpresa vino a cuenta del tipo de productos que vende: como dije, remeras estapadas.
Por ejemplo, si un Centro de Estudiantes organiza una protesta porque un dictador argentino tiene el beneficio de la prisión domiciliaria, Ramiro hace las remeras con la consigna: “Cárcel para los genocidas”. Y si a esa protesta, Cecilia Pando le organiza una contra marcha para bregar por los derechos de los dictadores en el crepúsculo de sus vidas, Ramiro también le hace las remeras, que en este caso dirán: “Viva la patria, viva la libertad”
En América Latina las peores masacres y los vaciamientos más escandalosos siempre se hacen en el nombre de la patria y de la libertad.
Pero el tema era otro: tanto el Centro de Estudiante como los partidarios de lo que políticamente sería la ultraderecha, se encuentran en el local de Ramiro a la hora de retirar las remeras. Los representantes de cada grupo pagan y se van, y si se cruzan en la puerta, lo más probable es que se saluden amablemente, ya que ni siquiera se conocen.
Es el mercado y su lógica más cruda: los ideales, principalmente, sirven para factuar.
Entonces, en presencia de productos (remeras) que duran un suspiro. Es decir, que luego de cada marcha, se estiran o se encogen o se rompen, porque son de la peor calidad (US$ 4, por remera estampada para una marcha, son casi descartables), mi reacción fue inmediata. Y no por una cuestión de diversidad e igualdad de los derechos, sino por una cuestión de mercado.
- ¿Cómo que no atendés mujeres? ¿Por qué? Te estás perdiendo todo un mercado… (dije casi en tono de burla)
Pero la respuesta fue contundente y con la mísma lógica capitalista:
- Porque los hombres son más fáciles. Yo vendo remeras. Si un hombre quiere una remera estampada, elige la estampa, y cuando le pregunto el color me dice: “Dame cualquiera, elegila vos, la que quede mejor”. En cambio a una mujer, después de que le mostré 4 tonos de naranja, me pregunta si no tengo alguna más tirando al salmón. ¡En una remera que va a usar 10 minutos!
Y me quedó claro, el negocio del estampado prefiere a los hombres.
Pero más allá de que el comentario me causó gracia, reafirma mi creencia de que es casiimposible que hombres y mujeres estén bien comunicados. Porque todo es difernte: intereses, deseos, cuerpos. Y a eso hay que sumarle que estamos en la “Cultura del envase” (definición de Eduardo Galeano)
Estamos en plena cultura del envase:
El contrato de matrimonio importa más que el amor,
el funeral más que el muerto,
la ropa más que el cuerpo,
la misa más que Dios.
Es decir, más allá del género, estamos condenados a la incomunicación.
Un último consejo para Ramiro, y para todos los emprendedores que estén buscando un nuevo nicho: hay dedicarse a comercializar almohadas que te abrazan. Nadie se niega a un abrazo sincero en plena crisis. Feliz día de la mujer.
Hace unos días, volviendo de una reunión para la oficina, agarré un lomo de burro con el auto y rompí el silenciador del caño de escape. En Buenos Aires, la sensación térmica rondaba los 40 grados, la humedad era insoportable y yo parecía arriba de un fórmula uno escandaloso, que paseaba a A 40 km/h por una ciudad que, lo juro, se deformaba por la temperatura.
A pesar del calor que me nublaba las ideas tuve un momento místico y la verdad desnuda se presentó ante mis ojos transpirados: o llevaba a arreglar el auto en ese mismo momento o arrastraba el problema los próximos dos meses. ¿Qué debía hacer? ¿Volvía a la oficina o resolvía el tema del auto?
¿Que criterio utilizamos como lectores para establecer una selección de blogs favoritos? ¿Por qué determinados blogs son de lectura compulsiva y otros no?
Está claro que existe una lógica inicial relacionada con: 1) Nuestro interés en los contenidos abordados 2) Que además esos contenidos sean de calidad; y 3) Que la frecuencia de actualización sea alta.
Eso está claro. Esa es la parte racional. Pero lo que me interesa saber es qué cosa nos obliga a volver a un blog una y otra vez. Y a marcarlo como Favorito.
Tengo una hipótesis. Pero no es una sola cosa, son dos.
1. Establecer un vínculo emocional.
Es el punto más obvio de los dos. No hace falta ser Goleman, el gurú de la inteligencia emocional, para darse cuenta del asunto.
Uno de los motivos por los cuales se decide seguir a un blog es porque hay una conexión que va más allá de las palabras; eso es un vínculo emocional. Existe una cercanía con el autor aunque nunca jamás se haya cruzado una palabra.
A veces se lo odia, otras se lo admira. Pero nadie sigue a nadie por indiferencia. ¿Quieren ser favoritos de alguien? Procuren establecer vínculos emocionales. ¿Y eso cómo se hace?
2. Hay que encontrar un error en la Matrix.
Luego de leer el punto inicial, ya se puede pensar: “otra vez el bullshit de lo emocional”. Si bien se mantiene subvalorada, la inteligencia emocional es un atributo determinante en la construcción de relaciones, y a pesar de ser bastante conocido, también es un concepto bastante descalificado.
Pero existe algo más, algo intangible, algo difícil de medir más allá de las cuestiones vinculadas a las emociones.
Ese algo que va más allá de las cuestiones técnicas, del diseño, de la periodicidad, de la temática, y que construye los vínculos emocionales a máxima velocidad -y que los mantiene Top of Mind, como les gusta decir a los marketineros- ya lo vimos en la película matrix.
¿Qué hay que hacer para que un post sea inolvidable y el blog diferente al resto de los blogs?
Hay que desarrollar el olfato. Estar en el momento justo para descubrir los errores en el sistema, como le pasó a Neo casi de casualidad. Neo, además del elegido, sería un buen periodista.
En la escena anterior de la película Matrix, Morfeo y los suyos descubren un error en el sistema cuando Neo tiene un “Déjà Vu”. Observa que un gato negro pasa dos veces por el mismo lugar, y entonces se dan cuenta que la Matrix había sido alterada. Dos veces el mismo-idéntico gato era un error en el sistema (tema ya abordado un tiempo atrás).
Con el contenido pasa lo mismo. Cada tanto aparece un error en el sistema. Y los bloggers que lo descubren, se transforman en Favoritos de muchos.
Con tanto contenido nuevo en cada amanecer, con tantas personas interesantes generando material valioso, además de un lector de feeds, necesitamos desarrollar un instinto especial que por el momento no viene con Google Reader. Aunque con Google nunca se sabe.
Necesitamos algo que, como lectores, nos permita detectar contenido valioso y, como editores, generar contenido valioso. Y ese algo es la habilidad para descubrir los fallos del sistema, dentro de cualquier ámbito de interés. Los mejores bloggers, sin dudas, son los que más rápido se transforman en cazadores de Déjà Vu.
¿A qué me refiero con errores en el sistema? Dos ejemplos:
La señora de los velorios, en eBlog. Es increíble que en el World Trade Center, el mismísimo corazón herido del imperio, tenga en sus paredes a “la señora de los velorios”. Es una muestra de que el mundo no está en sus cabales, y la hipocresía domina la escena mundial. La señora de los velorios, ahí, en el centro del inconsciente colectivo de la humanidad, es, sin dudas, un Déjà Vu como los de Matrix.
El taquero chorro, en Orsai. Un diálogo delirante con un policía que roba contenido en Internet.
Cuando cualquier autor, sin importar su nacionalidad, edad, o el prestigio que le otorguen sus credenciales académicas o profesionales encuentra y comparte un error en el sistema, una de esas contradicciones que deja en evidencia que el mundo está loco, está un paso más cerca de que su blog vaya directamente a los favoritos de alguien.
Y se transforme en uno de esos que espacios que no alcanza con seguir desde el lector de feeds, sino que es necesario navegar como Dios manda: abriendo una pestaña de Firefox para recorrerlo en toda su dimensión.
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Martín Fernández
En este espacio escribo sobre el día a día de la Comunicación en el trabajo, los avances tecnológicos que transforman la Cultura Organizacional y las ideas que impactan en el Clima Interno. Las personas. Las ideas. Las organizaciones. En ese orden.