La redacción creativa

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Sexta entrega de “La Redacción Creativa”, el espacio de InternalComms para cuentos y ensayos creativos.

En esta oportunidad les dejo el brevísimo “Algo contigo“, escrito por M., del blog No me voy a olvidar

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Todos los días, a eso de las nueve de la noche, y desde la ventana de mi casa, lo veo llegar: viste bermudas de jean y unas llantas impecables. El pelo, siempre mojado. Viéndolo, desde acá, puede olerse su desodorante. Golpea la puerta y espera, sentado en el escalón de la entrada. Un rato mas tarde (*siempre* es un rato mas tarde), sale ella.

Hablan, durante horas. Él es atento, ella siempre sonríe. Yo hago mis cosas, y cada tanto pispeo a ver si siguen ahí. Y siempre siguen. Charlando. Él, atento. Ella, sonriente. Me encantaría saber de qué hablan tanto.

Para leer el relato completo, hay que ir al link original.

Fue en un ascensor, en un episodio violento. Aunque antes tuve algunas señales que no supe ver. De chico y hasta la adolescencia fui flaco, por lo que me costó reconocer el cambio, que se producía con lentitud.

Así como le pasa a algunas mujeres que de chicas son feas, y después se transforman en bombas latinas, pero siguen con la autoestima a la miseria porque se visualizan como ya no son, a mí me pasó al revés, me iba transformando en una pelota de playa, pero creía que era un keniata.

La primera pista seria fue en una víspera de navidad, en lo de Jerónimo. Nos íbamos a juntar en su casa porque tenía aire acondicionado. Todos trabajábamos hasta el mediodía así que quedamos en brindar y picar algo a la salida, como almuerzo de fin de año.

Hacía como 20 días que no nos veíamos, yo estaba con la barba larga, canosa y desprolija, y tenía una remera roja que me habían regalado en un evento de la empresa.

El mismo Jerónimo, cuando bajó a abrirme, fue el primero en darse cuenta del asunto que llevaba meses madurando:

Jerónimo, antes de saludarme:

– Parecés Papá Noel.

Yo:

– Qué gracioso.

Jerónimo:

– Dale, subamos que hace mucho calor… Jo… Jo… Jo… ¿Dónde dejaste los renos?

La verdad es que la ocurrencia me causó gracias. Y cometí el error de contárselo a Ramiro, que llegó media hora más tarde con un Fernet y Coca-Cola caliente. Ramiro recogió el guante de Jerónimo, pero le agregó glamour. Americanizó el Papá Noél que me había espetado Jerónimo, y sin miramientos me dijo “Santa”.

Yo, hablándole a Ramiro:

– ¿Podés creer que este hijo de puta este me diga Papá Noel? Me voy a tener que afeitar. Me van a echar del trabajo.

Jerónimo, que escuchaba la conversación mientras le ponía hielo al Fernet, seguía festejando su ocurrencia desde la cocina. Ramiro, simulando estar de mi lado, hizo un ademán solidario.

Ramiro:

– Dejalo a ese que se ría (señalándolo a Jerónimo con la pera), no le des bola, no te vas a calentar por eso, Santa.

Y ahí sí, se rieron los dos como guanacos.

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Al rato llegó Quique, desesperado por un Fernet. En dos minutos le contaron sobre el nuevo descubrimiento, y Quique no tardó en agregar su aporte al tema del día.

Quique se llama igual que yo, pero más allá del nombre y de que los dos somos de Boca, no nos parecemos en nada. Es un milagro que seamos amigos. El tiene hijos, hermanos y es flaco. Yo tengo pelo, criterio y juego bien al truco.

De Quique también quiero decir que no tiene un gran dominio de las emociones, más bien todo lo contrario, es una bestia. Es de esas personas que para expresar afecto apelan al insulto. No tiene huevos para decir te quiero, entonces te putea. Por ejemplo, te llama para navidad, y te dice:

– “¡¡¡Qué hacés trolo, maricón, puto, infeliz, traga sable, feliz navidad!!!”.

Es su forma, no lo va a cambiar nadie.

Quique festejaba a lo loco mi nuevo apodo, en sus versiones latina y sajona, excitado ante una maldad que prometía mucha tela para cortar. Después de las risas, así como Jerónimo y Ramiro me habían dicho Papá Noel y Santa respectivamente, Quique apeló a su habitual dominio de la sutileza, y me dijo lo más ingenioso que se le ocurrió:

Quique:

– Gordo Puto.

Yo:

– Bue, ahí está el que faltaba, son tres infelices.

La gastada duró un rato más, hasta que el Fernet orientó la conversación hacia un análisis detallado del Apertura que había coronando al Boca de Bianchi por segunda vez. Pero igual me quedé pensando que más allá de los tres gansos que tenía como amigos, algo andaba mal, que ya no era la barba o la remera roja, sino que podía ser que el fisic tu rol de Papá Noel no estuviera tan lejos del mío.

Varios meses después del incidente navideño, llegó el incidente del ascensor. Estaba en planta baja esperando que bajara desde el 15, cuando una gorda y su hija se sumaron a la espera. Al llegar a PB, el ascensor traía a un vecino que desde adentro comenzó a explicar que se había olvidado las llaves y tenía que volver a subir.

Como un caballero les abrí la puerta para que pasaran primero. En el espejo había un cartel que decía: máximo 4 personas ó 450 kilos. Entrábamos todos.

Pero la gorda, que por nada del mundo iba a esperar un nuevo ascensor, igual dijo:

Gorda:

– Subí, subí vos primero, si total los tres gorditos entramos.

Entonces miré a la hija, gorda. Miré a la gorda, gorda. Me miré a mí, y en ese exacto momento comprendí que ya no era el de siempre. Que había cambiado de equipo. Así como juegan solteros contra casados, o Havanna contra Balcarce, ahora yo jugaba para los gordos. Hasta ejemplos de gordo me salían.

Bajé del asensor pálido, shokeado. Yo no era más yo. Al ser lento, no había sentido el cambio. Pero la biología había sido implacable. Con años de mala alimentación, exceso de café y sedentarismo, había pasado de flaco a gordo en un proceso natural, y sobre todo, lógico. Si comés como un chancho, te trasnformás en un chancho.

Pero en mi cabeza, todo pasó entre la planta baja y el séptimo piso. El cambio de físico fue lento, pero la percepción cambió con violencia.

Para combatir la angustia empecé a hacerme un sandwich de jamón crudo, roquefort y mayonesa. Y mientras me juraba que nunca más iba a ser gordo, lejanamente intuía que lo que fuera que buscara para calmarme, no lo iba a encontrar en la heladera.

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Podés seguirme en Twitter en @internalcomms

Cuarta entrega de “La Redacción Creativa”, el espacio de InternalComms para cuentos y ensayos creativos.

Quienes no leyeron los tres relatos anteriores, no se pierdan el muy comentado “Con-fabulaciones“, ni “Tocar a Gimena” ni “El encargado y la modelo“.

Y en esta oportunidad les dejo “Esto es un cuento eh?“, de Alberto Arebalos, Director de Comunicaciones de Google para América Latina.

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Cecilia sale todos los días del trabajo a la misma hora. Camina desde Esmeralda y Corrientes hasta la estación del subte y, si no hay huelga o algún otro problema con los que Buenos Aires castiga a los porteños y quienes la visitan, llega a su casa después de las seis y media. A veces se sube en Florida y a veces en Carlos Pellegrini, según en la dirección que tenga ganas de caminar. Esa tarde, como está particularmente contenta, decide ir por Florida.

Se puede leer completo en el sitio original.

“La redacción creativa”, un espacio para compartir cuentos o ensayos creativos.

Pocas veces tengo la certeza de total, el 100% de seguridad digamos, de haber utilizado el adjetivo preciso. Muchas veces me doy cuenta de que elegí uno correcto, pero no siempre preciso. Adjetivar es una tarea ardua. De las más complejas de la escritura. Y la precisión se logra con mucho esfuerzo, un gran talento o una mezcla de ambos.

Mientras más intenso es el adjetivo, el límite entre la exageración y la nada es muy delgado.

Por eso recuerdo con claridad el momento en el que inauguramos esta sección con el “atrapante” relato “Con-Fabulaciones“: pocas veces el adjetivo había estado mejor puesto. Era un relato, sin dudas, atrapante.

Con alegría les dejo otro relato de la misma y vertiginosa pluma, aunque esta vez intenta empujar los límites del absurdo, con diálogos de telenovela. Pero vean ustedes, no opino más.

Sin más, en esta tercera entrega de “La redacción creativa” estoy casi orgulloso de presentar en exclusiva para Internalcomms: “El encargado y la modelo”, por Jerónimo Vergani.

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“Recuerdo bien la primera vez que vi tu cabeza atravesar la puerta porque la mía dejó de funcionar”.

Los ascensores siempre me dieron curiosidad, ¿dónde los construyen?, ¿cómo los meten en los agujeros de los edificios?, ¿hacen primero el ascensor y luego todo el edificio alrededor?, ¿dónde se estudia para técnico de ascensor?

En fin, hay muchas cosas que decir al respecto, sobre todo si se está al pedo. Conozco muchos casos sobre ascensores, pero ninguno como el de la calle Arribeños al 2100.

Cuenta la historia, esta historia, que en aquel edificio hay dos ascensores con una cualidad muy especial. Ocurre que cada vez que dos personas suben al mismo tiempo a cada uno de los ascensores y marcan el mismo piso, por arte de no se qué, su destino se une desde ahí y para siempre, hasta que la muerte los separe.

Más de 300 parejas se han formado gracias a los ascensores de la calle Arribeños y ninguno de los involucrados jamás sospechó la causa de su enamoramiento. No es algo que se suela cuestionar.

Se han enamorado personas del mismo sexo, que hasta el día de subir a estos ascensores han sido completamente heterosexuales. Me dirán que es imposible, me dirán ¿y qué pasa con los niños y los ancianos?, y la verdad es que no sé, el amor es así o esta historia hace agua por todos lados, pero sigan leyendo, mejora.

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“La redacción creativa”, un espacio para compartir cuentos o ensayos creativos.

 Segunda entrega. Esta vez no es un texto exclusivo del InternalComms como fue “Con-Fabulaciones“, de Jerónimo Vergani, sino una recomendación de un relato que encontré un tiempo atrás, y me pareció apropiado para la sección.

Hoy: “Tocar a Gimena“, por Pedro Mairal.

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Lo primero que me trae a la mente la palabra “tocar” es mi amiga Gimena, compañera de colegio, en el viaje de egresados, el último año de la secundaria. Y más específicamente el ómnibus que nos llevaba de vuelta al hotel, después de una excursión al Cerro Catedral.

Mientras los demás se habían deslizado montaña abajo en unos trineos de plástico, los varones más escépticos nos habíamos escondido a fumar y a mear en la nieve, detrás de una cabaña de troncos. Yo fumaba y hacía como que vigilaba que no viniera un profesor, pero en realidad la miraba a Gimena que estaba con un suéter violeta, riéndose y sacándose fotos con las otras chicas.

Para leerlo completo, hay que ir al post original.

InternalComms estrena sección:

“La redacción creativa”, un espacio para compartir cuentos o ensayos creativos.

Hoy: “Con-fabulaciones“, por Jerónimo Vergani.

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Pedro es un amigo del laburo. Trabajamos en el correo hace cuatro años. Es un tipo flaco, anteojos, medio desgarbado. Un pesimista como pocos, un idealista como ninguno, un cagón con todas las letras, de mucho pensar y de poco hacer.

Labura bien, no tiene problemas con eso, pero siempre está dudando de todo, es además de paranoico muy inteligente. Mala combinación. Pedro es de esos tipos que creen confabulaciones increíbles. En que todo está pensado, diagramado y fríamente calculado para no se qué. Tendría que escribir un libro, se llenaría de guita.

Tres veces vio a Jimena. Un lunes viene y me cuenta:

– Pablo no sabés la mina que conocí el sábado, hermosa, bien de arriba, bien de abajo, una sonrisa ¡aaahhh!, unos labios carnosos, perfectos, dientes delicados…

– Qué bueno che, ¿dónde la conociste?

– En la calle.

– Aha, ¿cómo se llama?

– Y, no sé ¡qué sé yo!

– ¿Qué sé yo? ¿Estuviste con la mina y no sabés el nombre?

– ¿Quién dijo que hablé con ella?

– Pará Pedro, ¿qué me estás contando?, que viste una mina por la calle.

– Una preciosura.

– Bueno, una “preciosura”. Y qué, ¿no pasó nada?

– No, nada no.

– ¿Entonces?

– Nos miramos.

– ¿Me estás cargando boludo?, dejame de joder, son las 10 de la mañana.

– Pará, pará. Hay más.

– ¿Qué, le pediste la hora?

– Sé dónde vive.

– ¿La seguiste?

– No, la vi entrar en un departamento.

– Me decís que viste a una yegua por la calle, que no le dijiste nada pero que se miraron. Que entró a un departamento y que vos suponés donde vive.

– Tal cual Pablo, decime, ¿qué hago?

– Hacete ver Pedro.

Dos semanas después me encuentro a Pedro, chocho de la vida. Me cuenta:

– Jimena, ¡se llama Jimena! Es programadora, trabaja en una empresa que desarrolla sistemas de computación, software de computación o algo de computación.

– ¿Tiene novio?

– No, no es de ésas.

– ¿De cuáles?

– No sé, no creo, aunque ahora que lo decís puede ser…

– Pedro, contame bien.

– La vi entrar en un edificio del centro y la seguí. “Solutions soft” es el nombre de la empresa.

– Bueno, puede ser que limpie los baños.

– No importa, me subí al ascensor con ella.

– Y ahí le preguntaste el nombre.

– No, pero un tipo se la cruzo en el pasillo y le dijo ¿qué hacés Jime?.

– Aaaahhhh, qué astuto! –dije harto de Pedro, de Jimena y de todo.

– Claro, pero ahora estoy bloqueado, no sé qué mas hacer.

– No hiciste nada Pedro.

Se quedó mal. Intenté darle esperanzas.

– Bueno, ya sabés algo, andate hasta la puerta del edificio, esperala, y cuando salga invitala a tomar un café.

– Así nomás, ¿tan simple como eso? “Hola, soy Pedro, ¿querés ir a tomar un café?”

– No está mal.

– Vos estás loco Pablo, voy a parecer esos locos que se  acercan a la gente por la calle a hablar del Apocalipsis y esas cosas.

– Es verdad, quizás se enoje y tome venganza.

– Sí, quizás me hackea la máquina, y me usa la tarjeta para comprar por Internet.

– O te programa el microondas para que explote. Cortala Pedro; andá, y decile algo, o dejame de joder boludo.

Tres días después Pedro me estaba contando una historia más que extraña.

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Lo publicó Hernán Casciari el 2 de Febrero del 2006. Para comenzar la semana con la motivación en alza, un relato inspirador: “Los justos“.

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Martín Enrique Fernández

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En este espacio escribo sobre las personas que generan corrientes de pensamiento en algún campo en particular, sobre ideas y herramientas de comunicación interna y sobre el proceso de cambio cultural permanente en el que se encuentran las organizaciones. Las personas. Las ideas. Las organizaciones. En ese orden.

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Presido la consultora especializada en Cultura de HSE, Antropología Corporativa y Comunicación Interna, Whycomm S.A.
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