La primera vez que vi una Política de Comunicación Interna, así, con todas las letras, me asusté. Yo era joven, aún conservaba un gran respeto por la autoridad y el concepto de “Política”, con todo lo que implicaba la palabra, me había resultado impactante.
Una Política, en un contexto tan corporate, era la voz oficial, la fuerza y la razón, los mandamientos inquebrantables de la organización: Dura Lex sed Lex. En aquel momento, los blogs no existían. Tampoco se vislumbraba un formato como Twitter (y su posible uso en las Comunicaciones Internas). No se hablaba de You Tube, ni de Facebook. Ni, menos que menos, existían las discusiones colectivas. Si algo decía Política, era Política. Y yo era una persona obediente.

La primera burbuja aún no había estallado y había mucha gente que decía World Wide Web en vez de Internet. Hasta donde recuerdo, en sus primeros años, la web no era el océano de información que es hoy aunque ya se vislumbrara como el medio que cambiaría las comunicaciones y, como finalmente sucedió, las relaciones entre las personas. Algunos años después, simplificando, se puede decir que los pronósticos no fallaron. Que sólo falló el cómo. Y que por eso, sin más, la primera burbujá explotó.
Así fue que en en poco tiempo los medios digitales revolucionaron las comunicaciones externas, la forma de hacer marketing, la publicidad y la prensa. Sobre todo la prensa. Nació el concepto de periodismo ciudadano. Cambió la forma en que nos comunicamos con nuestros amigos. Cambiaron los códigos. Cambió la vida emocional de las personas. Cambió el amor.
Pero esa revolución en la comunicación, a excepción del mail, nunca llegó a las empresas. No entró a las oficinas corporativas, sino que, siempre hablando de comunicaciones internas, se quedó del otro lado de la puerta.










