Cambiar de trabajo, las personas dicen lo que piensan y hacen lo que sienten

Cuando no hay otra opción clara a la vista, cambiar de trabajo es una decisión difícil. Ya de por sí, el cambio es una opción difícil. Pero si además no existe un destino claro, es como caminar con los ojos vendados sin saber dónde estamos por pisar. Poder se puede, pero es complejo. Y no es necesario.

Antes de intentar cambiar, hay que pensar. Pensar mucho: ¿Qué queremos? ¿Cuál es nuestro plan? ¿Por qué queremos lo que queremos? Lo que no significa que vayamos a obtener respuestas claras, o que nos conformen en un 100%. Es es una etapa necesaria; de diseño de futuro (como dice el coaching).

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Lo más importante antes de comenzar a operar un cambio es definir qué cosa va a ocupar el espacio actual, el espacio con el que no estamos satisfechos. Y antes de eso, hay que hacer un ejercicio al que no estamos habituados: despejar el presente.

Para concebir el cambio, hay que vaciar presente, desalojarlo de las ideas y las cosas actuales. Con el presente ocupado es muy dificil dar un paso en otra dirección. Cambiar no significa un paso adelante. Significa un paso hacia algo nuevo.

Quienes están en la duda eterna si cambiar o seguir en donde están, es porque nunca vacían el presente.

– ¿Y cómo se vacía el presente?

Primero hay que imaginar que uno ya NO está haciendo lo que está haciendo. Por ejemplo en el caso del trabajo, hay que imaginar -es decir, todavía en el terreno de las ideas- que nuestro presente ya no es una opción. ¿Qué haríamos a la mañana si no fuesemos a la oficina? ¿Qué voy a hacer a las 10 AM de los martes?

Pero todavía no alcanza, no es suficiente con imaginarlo: es neceasrio asumirlo. Asumir que no queremos más lo que tenemos, que efectivamente no es una opción.

Muchas veces, al no haber margen para el cambio se hace más dificil ausmir que deseamos cambiar. Puede ser por razones económicas, por temores diversos o presiones familiares. Cualquier excusa es válida. Y como no podemos pensar con claridad. Preferimos pensar que estamos bien, o que no estamos del todo mal. La necesidad tiene cara de hereje y no nos deja sentir con claridad.

Siempre hay un costo que pagar. Y los costos emocionales, los que amenazan el statu quo, son los más difíciles de afrontar. Son un crédito con tasa variable en medio de una hiperinflación (metáforar de dudosa calidad). Pero así es la vida. No sé si existe una solución simple para eso.

En cambio, lo que sí sé es que para cambiar no basta con decir que queremos cambiar. Además de estar convencidos y con el presente ya vacío, llega lo más difícil: antes de actuar, hay que convencer al corazón. Traducido: hay que estar emocionalmente listo (y con el CV en buen estado).

Porque, como dice una vieja máxima de las investigaciones cualitativas, las personas dicen lo que piensan y hacen lo que sienten. Y ahí sí que se acaban las palabras. Algo que se puede ver en este exquisito ingenioso comercial del sitio CarrerBuilder.com

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