El peor accidente laboral que tuve se gestó a cuatro metros del piso. La sensación de estar en lo más alto de una escalera, y sentir que comienza a resbalar el punto de apoyo es de una desesperación difícil de transmitir, que además conjuga varias sensaciones:

1. La conciencia
El momento en el que le punto de apoyo pierde estabilidad, se toma conciencia de lo inevitable. Se anticipa el golpe sin la posibilidad de dimensionar sus consecuencias futuras. Hay un instante inicial de sorpresa, de alerta, de momento presente, en el que se esboza una reacción esteril, pero luego, casi instantáneamente, nos damos cuenta de que el porrazo es un hecho, y sobreviene una rebeldía irracional ante un dolor futuro e injusto:
- ¡¡¿¿Pero si estoy viendo que me voy a golpear, cómo no lo voy a poder evitar??!!
No, ya es tarde. Hubieras pensado antes, parece decir la situación.
2. El susto
Una vez que la indignación pasa, sobreviene una horrible sensación de susto. Es anticipar algo que nos va a doler, pero todavía no, sino dentro en un ratito. Como los chicos cuando rompen algo o traen una mala nota y la madre los amenaza: “cuando venga papá, cobrás“. Entonces se quedan con el miedo casi psicópata del dolor a futuro. Les va a doler, pero hora no, cuando venga papá.
- ¡¡¡Prefiero que me peguen más fuerte, pero AHORA!!!
Esto es lo mismo, encima acelerado en el tiempo: te va a doler, pero ahora no, cuando se termine de caer la escalera. Ay.
3. El ridículo
También juega un papel inmportante el hecho de que con toda claridad se anticipa el ridículo. Es en un segundo plano, como una sensación lejana. Pero el ridículo está ahí.
- ¡Me van a ver cayéndome de una escalera como una bolsa de papas!
Esto me recueda a un amigo, Juan Pablo, que se reía cuando veía a alguien que se tropezaba en la calle. Si bien nos parecía una crueldad hecha y derecha, Juan Pablo se reía de tal manera, con tantas ganas, que todo el mundo terminaba a las risotadas. Hasta los más recatados, entrábamos en contradicción por el festejo desatado ante el mal ajeno. Lo curioso es que nunca nadie nos dijo nada. Creo que las víctimas involuntarias solo pensaban en escapar del ridículo momentáneo.
Todo esto -la toma de conciencia, el susto y el ridículo- ocurre en breves segundos, antes del detalle final, antes de la frutilla que coronará el episodio, que no es otra que el grito del accidentado. Por si alguna vez se encuentran en la incómoda posición de saberse cayendo de una escalera, es bueno tener presente algunas recomendaciones.
El grito debe producirse en el instante previo a que el cuerpo toque el piso. Solo un segundo antes. Ni más ni menos: un segundo. El grito no debe ser producto de la casualidad ni de la desesperación, debe ser una decisión estratégica:
1. Necesitamos asegurarnos de que alguien nos escuchará, y podrá brindarnos auxilio llegado el caso de que el accidente sea tan grave que nos deje mudos o inconscientes.
2. También ocurrirá que durante la caída estaremos ocupados tratando de, justamente, caer de la mejor manera posible, con lo que no queda tiempo para gritos estériles o histéricos.
3. Y por último pero no menos importante, debemos evitar las miradas indiscretas todo el tiempo que sea posible. El grito no es cualquier momento: es un segundo antes de estrellarnos.
Pero no se asusten, todo esto es fácil de recordar. Bajo presión uno piensa mejor, y el proceso ocurre con una fluidez asombrosa. Ya tienen la información, pueden estar tranquilos que estará disponible en el momento oportuno.
En definitiva, se trata de una fea experiencia que no le deseo a nadie. Y si ven el video a continuación, no se rían.
Tags: Accidentes Laborales, Personales



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