September 2016

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Las teorías sobre comunicación no le interesan a nadie, y mucho menos a los comunicadores.

Es porque en la teoría desaparcen las personas.

En la conceptualización no encontramos al otro. Teorizar es metacomunicar, es decir, hablar de comunicación en vez de comunicarnos.

Y si no está el otro, el mundo se vuelve gris.

Podría terminar acá, la catársis está hecha.

Sin embargo, vamos al motivo del post, que es compartir una investigación que me gustó sobre uno de los tópicos por excelencia del análisis teórico de la comunicación, la cuestión del medio y el mensaje.

Las conclusiones que presenta en formato artículo me parecieron refrescantes. Esa es la palabra justa: refrescante.

Me permitieron terminar de actualizar internamente algunas ideas alrededor del tema:

En los hábitos de informarse que dominaron el siglo pasado, el peso de los medios era fuerte: no le decían a la gente qué pensar pero sí sobre qué pensar. Hoy el consumo noticioso es “incidental”: el acceso a la información deja de ser una actividad independiente y pasa a ser parte de la sociabilidad en las redes. Los jóvenes no usan los medios sino que viven en ambientes digitales donde no hay contextos ni jerarquías sino retazos de historias y opiniones que son escaneadas y, con mucha suerte, leídas.

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El artículo me resultó interesante porque conecta con la realidad que analiza. Las críticas que leí en los comentarios apuntan a que los casos indagados son pocos y las conclusiones demasiado amplias. Sin embargo, la investigación a la que refiere metodológicamente es correcta, ya que se trata de técnicas cualitativas.

No es tanto por lo novedoso que hay que prestar atención, sino por cómo están presentados los conceptos y las categorías de análisis. Vale la pena leerla y reflexionar un rato. Y en el fondo nos sirve como excusa para hablar de conexión, no de comunicación.

“Yo amo la comunicación”

O el periodismo, o la comunicación interna, o la disciplina que sea. Es una frase que muchos dijimos en el inicio de nuestras carreras. Pero que tenía, y tiene, un claro error de autopercepción.

Cuando hoy escucho a los estudiantes amantes de la comunicación (en general son jóvenes e idealistas), me dan ganas de decirles:

– Yo, maestrosirueleando:

– La comunicación no le interesa a nadie, ¡lo que importa es conectar!

Pero por supuesto nunca digo nada, ya que la soberbia se manifiesta en formas misteriosas y solapadas… 🙂

Quienes trabajamos en comunicación, en cualquiera de sus formas -redactores, consultores, guionistas, periodistas, locutores, publicistas, capacitadores y todas las combinaciones posibles- todos compartimos una misma búsqueda y un mismo anhelo: conectar con el otro.

Usamos la palabra comunicar porque es la que tenemos a mano. Pero no nos interesan las formas, ni los medios, ni la calidad de los mensajes, ni nada de lo que profesionalmente es necesario. Nos interesa generar algo en alguien más, y que ese alguien nos retroalimente de alguna forma.

Y a eso vamos a decirle conexión, y no comunicación. Lo que nos interesa es conectar.

Sin embargo, cuando la comunicación se vuelve profesional, se produce un fenómeno curioso: desaparece la búsqueda de conectar con ese otro, de establecer vínculos genuinos; las diferentes profesiones comunicacionales se vinculan con su “target” en forma lejana: lo “interpretan”, lo “brifean”, lo “interpelan”, “diseña mensajes” y “mecanismos de escucha activa”. La cuestión de la conexión pasa a segundo plano. Sale del centro de la escena.

La comunicación profesional muchas veces se olvida de que el deseo incial lo incluia al otro en una forma más genuina que la búsqueda lineal de impactarlo con un mensaje.

En ese sentido, los artistas -pintores, actores, escritores, músicos, dramaturgos- se dieron cuenta antes. Y su búsqueda es más lineal. Para ellos, el “otro”, el público, el espectador, es todo. No hay arte sin público. La mirada del otro los constituye, les da forma. Las artes, dicho así, en general, son mas asumidas en su búsqueda. Quieren percibir al otro, porque es con ese otro dónde se produce la magia de la conexión. Por eso es tan frecuente el caso de comunicadores que se vuelcan a espacios donde la comunicación es más directa, como el teatro o la literatura.

Algo similar ocurre con el tipo de vínculo que mantienen con su trabajo quienes hacen radio. Nadie, simplemente, hace radio. Todos “están enamorados de la radio”. Incluso quienes no hicieron, quieren hacer. Cuando se habla del tema el volumen siempre está alto. Creo que esto se debe a que la conexión con el otro se experimenta con más fuerza en ese medio. La radio nunca se se trata solo de comunicar, sino de conectar.

También hay algo de esto en el fenómeno de mujeres que abandonan carreras prometedoras cuando tienen su primer hijo. Y, en parte (más allá de la dificultad que les plantea el mercado laboral para cumplir ambos roles), también es porque la búsqueda de la conexión cambió de formato. Por un tiempo, el asunto de intercambiar con el otro ya está resuelto. 🙂

El artículo me gustó porque aborda el tema de la conexión en forma precisa. Por lo menos en su idea central: cambió el vínculo con los medios. Cambio la forma en la que las personas nos relacionamos íntimamente con la información, y cómo la compartimos.

Y para quienes gestionan la cultura organizacional, en muchos casos con herramientas comunicacionales, esto es central. Lo de siempre: entender para gestionar.

Como sea, ya saben. Ni medios ni mensajes, conexión.

Porque quizás en este vínculo con el otro se esconda el misterio de la comunicación.

Sin conexión, hablar de comunicación es un fracaso.

| Un perfil, tres ideas |

Hace un tiempo que tenía ganas de volver a escribir en InternalComms.

Pero también tenía la sensación de “dedos oxidados” para el estilo liviano de este blog, y eso no me alentaba demasiado.

Aunque el punto central era otro: reencontrarme con el tono blog es un poco reencontrarme con un tono más personal. Y ya lo sabe todo el mundo, el tono personal te hace sentir expuesto, cosa que al principio es algo incómoda, pero que después genera un proceso de intensa retroalimentación.

Esa idea se la escuché por primera vez a Juana Molina, cuando contó que dejar de hacer personajes geniales en TV para millones de personas y pasar a cantar temas propios para unos pocos la hacía sentirse expuesta.

Decía que cantar era un acto más personal que actuar, más íntimo, porque cantando mostraba algo de lo que tenía “adentro”, y eso la hacía sentirse vulnerable, cosa que no le pasaba interpretando personajes. Es la diferencia entre ir a terapia para hablar de nosotros mismos, o ir para hablar de los demás. Pero que luego de superar el miedo escénico, se sentía más plena (no recuerdo exactamente cómo lo decía, pero esa era la idea, pueden ver acá la entrevista).

Todo el razonamiento me pareció curioso y a la vez asertivo: no era la cantidad de personas para las que hacía algo, sino el tipo de cosas que mostraba, lo que le producía un vértigo diferente en el escenario. Cantar era mostrarse, actuar era esconderse. No sé si será así, pero la lógica es demoledora. Igual estoy hablando por hablar, nunca fui a terapia. 🙂

El punto es que el mismo criterio aplica a la escritura: el tono personal, primero, genera vértigo, y después (me repito un poco) se transforma en un excitante proceso de retroalimentación.

Por eso, para este primer post de este nuevo ciclo elegí un tema que me interesa: el orden. Y que además se puede combinar con el tono personal en la comunicación.

Ahora, el asunto del tono personal es más entendible. Hay mucha gente interesada en la comunicación, ¿pero a quién le puede interesar el orden? Además de a mi, le interesa Marie Kondo, “la princesa guerrera que lucha contra el caos“, según la describió el NYT (cita de autoridad, ja). Y además los combina muy bien.

Hace un tiempo que había escuchado de ella (lleva vendidos seis millones de ejemplares, no hay que ser un cazador de tendencias para darse cuenta), y si bien sus ideas me habían resultado interesantes, no me terminaba de decidir a leerla. Tenía un prejucio y una contradicción grandes como una casa: a persar de que el tema me interesaba, me parecía superficial.

Error.

Vamos a presentarla en tres ideas:

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Primera idea: Sintoniza con su “tono personal” con precisión

Y además lo maneja con maestría. Ahí, en parte, está la clave de su éxito arrasador.

La japonesa es una bomba de coherencia y claridad conceptual. Es una máquina de aportar valor.

Pero lo mejor de todo es que es divertida. Muy divertida. Me reí con ganas mientra la leía. Se rie de ella misma durante todo el libro, rasgo que caracteriza a las personas inteligentes. Es irreverente y seria a la vez. Y además es amorosa. Cuando habla del orden, que desde el sentido común instalado podría entenderse como un tema duro, lo hace con amor (y con una pizca -apenas una pizca- de soberbia y cinismo, que ayudan a completar una lectura increíblemente ágil y entretenida), todo en primera persona.

Me pareció tan agradable su tono personal, lo lleva con tanta elegancia que me gustaría leerla en japonés. Claro que para eso primero habría que saber japonés, cosa que complica un poco el asunto.

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Segunda idea: Expone ideas que parecen simples, pero que están cargadas de belleza.

Y un detalle no menor, es muy ingeniosa para presentar los temas. Va un fragmento:

“¿Alguna vez has tenido la experiencia de creer que hacías algo bueno y luego te enteras de que has hecho daño a alguien? En aquel momento no te preocupaban los sentimientos de la otra persona. Esto se parece a la manera en que muchos de nosotros tratamos a nuestros calcetines.”

Tras dedicar su corta vida al tema en forma obsesiva (tiene 31, nació en el 1985), le sacó varias capas a la cebolla del orden, y entonces logra lo que logran quienes dominan un tema en profundidad: llega como un cañonazo en el pecho. Hace que su pensamiento parezca simple y cargado de sentido común. Estoy seguro que Marie Kondo debe ser una amiga criteriosa y contenedora, ideal para momentos de crisis.

No voy a explicar los conceptos centrales del libro porque googlean cinco minutos y las encuentran.

Solo voy a decir lo siguiente: léanla. El libro “La magia del orden” es una simpática genialidad. No sean prejuiciosos, no de dejen engañar por sus ideas previas o por fragmentos que puedan ver en YouTube. No es autoayuda, es autogestión para ser personas más eficientes. Y más felices.

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Tercera idea: “La mágia del orden” no es un título caprichoso

Marie Kondo explica por qué ordenar es un proceso mágico. Y esta arista es la frutilla del postre. Todos sabemos que ordenar es transformar, pero Marie Kondo le puso una mística hermosa (un detalle casi romántico: se relaciona con las cosas como si estuvieran vivas), lo hizo método y después lo puso en palabras de forma exquisita. Encontró el tono personal, lo llevó adelante con fuerza hasta hacerlo brillar y, me repito otra vez, vendió seis millones de libros.

Un último comentario

Ya no sé cómo decirlo, compren el libro y léanlo. No sean vagos e inviertan dos tres horas de vida en ustedes mismos

Ese es el consejo de InternalComms en su regreso. Qué alegría.

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Links:

Pueden seguir Marie Kondo en Twitter, comprar “La magia del orden” en Amazon, visitar su sitio web o leer su perfil completo en Wikipedia.

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