September 2008

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“Google está listo para revolucionar las comunicaciones internas”, dice Ron Shewchuk en su excelente blog sobre Employee Communications, For Your Aproval.

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¿Cómo producirá Google esta revolución? Agregando la función de video a sus aplicaciones (gmail, calendar, etc). Y a la vez ofreciendo un entorno controlado/privado para el uso corporativo con espacio de hosting a excelente precio. También ofrece la posibilidad de trackear los videos -saber quiénes lo vieron, tal las estadísticas de la intranet-, insertar tags, dejar comentarios y un recurso que ni siquiera está disponible para YouTube: fragmentar el video en escenas para elegir por dónde comenzar a verlo, como en los DVDs.

En resumen, Google propone integrar el video al día a día organizacional, reemplazando presentaciones aburridas o reuniones innecesarias, por videos auto-generado.

“Las compañías sólo estaban dispuestas a pagar por videos de comunicación interna para los ejecutivos de mayor nivel, pero Google Video for Business (así se llama el producto), permitirá a empleados de todo nivel distribuir video”, dice la crónica de CNet News, que acá se puede leer completa. El razonamiento no es del todo riguroso, pero lo importante es que el producto es muy interesante.

Por último, la pregunta que queda dando vueltas, es: Si la Comunicación 2.0 avanza a la velocidad de la luz, ¿por qué la comunicación interna 2.0 ni siquiera puso el motor en marcha?

Arriesgo:

  1. Todavía no se produjo el cambio generacional en las compañías. Las comunicaciones 2.0 crecieron a una velocidad vertiginosa, y los usuarios nativos, en la mayoría de los casos, ni siquiera trabajan. Es decir, ¿cómo va a llegar la comunicación 2.0 al interior de las empresas, si el mayor porcentaje de empleados no las usa con fluidez? En un tiempo más, tal vez sea inevitable usar un formato de red social para comunicaciones internas. Veremos.
  2. El modo de intercambio que propone lo 2.0, muchas veces, deja librado al criterio de los usuarios el buen uso de los canales. Y si partimos de la base que gran parte de la cultura organizacional se genera desde la comunicación –desde los mensajes que dicen “quiénes somos” y “cómo somos”-, una comunicación más horizontal, es un gran riesgo para el statu quo. Quiero decir que es un asunto delicado dejar que cada quien diga lo que le parezca.

Una buena noticia es que, a priori, la transición hacia herramientas 2.0 no traerá aparejados grandes problemas de presupuesto. Por otra parte, si el cambio cultural se produce a menor velocidad que el cambio tecnológico, todo indica que las implementaciones serán graduales (para no decir espantosamente lentas).

Este es el video sobre cómo usar el nuevo producto de Google, en Comunicaciones Internas:

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Como decía en el post de ayer, Internet revolucionó todo, etc. Y en ese todo se incluye el acercamiento de los ciudadanos a los procesos históricos.

Luego del conflicto entre el gobierno y el campo, como el resto del país, quedé algo politizado. Y como cuenta Flavia en este post, miro todos los programas políticos de las 10 de la noche. Ahora estoy leyendo el libro de Felipe Pigna, y me topé con un párrafo sobre Montoneros, que me hizo pensar en cómo se manejaban las comunicaciones en las organizaciones políticas de la época.

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Entrevistado por Pigna, Mario Firmenich cuenta que viajan a España para encontrarse con Perón por primera vez. Dice: “(fue) Una primera reunión con Perón, no nos conocíamos, había solamente un interlocutor, intermediario conocido de Perón y de nosotros que garantizaba que éramos nosotros”.

No estoy diciendo que cada Montonero hoy tendría un perfil en LinkedIN para validar antecedentes, pero tampoco me caben dudas de que tanto el peronismo como la tragedia nacional de los últimos 30 años hubieran sido diferentes con Facebook y Google Earth.

¿Cuál será la influencia futura de las redes sociales, de Internet y de las tecnologías de la información en la participación ciudadana?

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Post relacionado: Brainstorming y comunicación: la regla de oro

Es complejo entender los cambios desde adentro, en vivo, mientras se están produciendo. La mirada global sobre un proceso que aún no concluye, debe ser una de las habilidades más admirables.

Por eso me parecieron tan interesantes los primeros minutos de la conferencia, en la que Bernardo Hernández, Director Mundial de Marketing de Google Maps y Google Earth -entre otras cosas-, comenta con cifras e ideas el cambio que Internet produjo en la humanidad, y la velocidad a la que ese cambio se materializó.

Internet impactó en todo: negocios, comunicaciones, relaciones personales, y por supuesto, en el interior de las organizaciones, en el trabajo. No se me ocurre algún área en la que no haya influido o modificado conductas.

Luego de ver el video, me quedé pensando si asistiremos al nacimiento de otra tecnología tan disruptiva, si habrá lugar para otra revolución de tal magnitud, como la que marcó Internet, de forma tan drástica, y en tan poco tiempo, o si “solamente” nos tocará vivir la evolución de este gran fenómeno en sus infinitas ramificaciones, es decir, todo lo que se pueda desarrollar a partir de.

Para completar la idea, se me ocurre un ejemplo burdo. Otro descubrimiento disruptivo sería “teletransportar” cosas, como en las películas, en las que algo al alguien “desaparece” y “aparece” en otro lado. Supongo que otro cambio semejante llegará vinculado a la energía o a la salud.

Como sea, la conferencia completa (dura 30´12´´) me pareció un excelente material para reflexionar.

Vía: El blog de Enrique Dans

Luego de meditarlo con seriedad, llegué a la conclusión de que he leído pocos libros más útiles sobre redacción corporativa que Mientras escribo. Así que, desde hoy y cada tanto, postearé alguno de sus consejos –y otros que encuentre por ahí-, bajo el tag Redacción Corporativa.

En esta entrega, vamos directo a la página 137, en la que Mr. King aborda el tema del adverbio:

“El otro consejo pendiente (…) es el siguiente: desconfía del adverbio.

Recordarás, por las clases de lengua, que el adverbio es una palabra que modifica un verbo, adjetivo y otro adverbio. Son las que acaban en –mente. Ocurre con los adverbios como con la voz pasiva, que parecen hechos a la medida del escritor tímido. Cuando un escritor emplea la voz pasiva, esta suele expresar miedo a no ser tomado en serio. Es la voz de los niños que se pintan bigotes con betún, y de las niñas que intentan caminar con los tacones de mamá.

Mediante los adverbios, lo habitual es que el escritor nos diga que tiene miedo de no expresarse con claridad y de no transmitir el argumento o imagen que tenía en la cabeza.

Examinemos la frase “cerró firmemente la puerta”. Reconozco que no es del todo mala (al menos tiene la ventaja de un verbo en voz activa), pero pregúntate si es imprescindible el “firmemente”. Me dirás que expresa un grado de diferencia entre “cerró la puerta” y “dio un portazo”, y no es que vaya a discutírtelo… pero ¿y el contexto? ¿Qué decir de toda la prosa esclarecedora (y hasta emocionante) que precedía a “cerró firmemente la puerta”? ¿No debería informarnos de cómo la cerró? Y, si es verdad que nos informan de ello las frases anteriores, ¿no es superflua la palabra “firmemente”? ¿No es redundante?”

Esto es lo que más me gusta del libro: no solo defiende sus argumentos con ejemplos concretos y precisos, sino que nos desafía a revisar nuestra opinión, para ver si luego podemos rebatir sus afirmaciones. En el caso de los adverbios, definitivamente 😉, no no me resultan tan desagradables cuando la escritura es más o menos coloquial o desordenada (en inglés hay un verbo preciso para este tipo de diálogo o escritura: to ramble). Aunque debo decir que en general el consejo me parece sabio.

Hace un tiempo, también había leído sobre el uso periodístico de los adverbios terminados en mente: “No hay periodista que quiera impresionar con su escritura que no le meta adverbio terminado en mente a párrafo que se le cruce. Como por lo general están puestos para exagerar, para maquillar una prosa frágil, se los puede quitar sin que afecten el sentido de la frase. En muchos casos son redundantes. Para demostrar cómo se intenta embaucar con los “mente”, basta leer discursos políticos o declaraciones intencionadísimas”, escribió Darío Gallo, en su Bloc de Periodista, y agregó algunos ejemplos.

Por la misma vía, llegue a bloGicamente, el “único blog contra los adverbios terminados “en mente” en la redacción periodística y de blogs”.

Pero continuemos con la transcripción:

“Ya oigo a alguien acusándome de pesado. Lo niego. Creo que de adverbios está empedrado el infierno, y estoy dispuesto a vocearlo desde los tejados. Dicho de otro modo: son como el diente de león. Uno en el césped tiene gracia, queda bonito, pero como no lo arranques, al otro día encontrarás cinco, al otro cincuenta… y a partir de ahí, amigos míos, tendréis el césped, “completamente”, “avasalladoramente” cubierto de dientes de león. Entonces los veréis como lo que son, malas hierbas, pero entonces, ¡ay!, entonces será demasiado tarde.”

Hasta una próxima entrega de “Las lecciones de Mr. King”.

Cuando las personas llevan invertidos muchos años en la construcción de su propia imagen, el personaje con el que se presentan en sociedad termina por parecerse a lo que la persona es íntimamente. Se trate de un político de raza, de un ama de casa o de un malabarista de semáforo, siempre existe el riesgo latente de confundir lo que uno vende con lo que uno es.

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En general, con más o menos dedicación, con más o menos pericia, de forma consciente o sin querer, todos estamos arduamente abocados a la tarea. Y el resultado final, eso que deseamos que otros piensen al pensar en nosotros, termina por robarnos una parte de lo que somos, de nuestra realidad interna.

En resumen, las personas nunca somos lo que parecemos.

Así las cosas, una de las imágenes más logradas, de mejor construcción, la vi en Titanes en el Ring, una ficción que hizo época en la televisión argentina.

Titanes en el Ring fue un producto tal vez mediocre, algo burdo, con personajes caricaturizados al extremo. Se trataba de un campeonato de lucha libre televisado, en el que se podía diferenciar con absoluta claridad a los buenos de los malos. Todo era lento, asfixiante e inverosímil. Pero en medio de tanto hastío, brillaba un actor de reparto que, sin saberlo, tenía guardado su lugar en el imaginario colectivo. Era ni más ni menos que el encargado de impartir una justicia que llegaba tarde, mal y nunca; era el árbitro de los combates estelares y su nombre de fantasía era William Boo.

En una época en la que nadie quería a los malos -hoy parece que todo el asunto de lo bueno y lo malo es más ambiguo-, William Boo representaba a la maldad sin contradicciones ni filtros de ninguna especie. Lo genial del personaje residía en que, además de ser malo, tenía la estética de la maldad. Los rasgos que la época le asignaba a la maldad. Boo era casi obeso, feo y medio chueco.

Desde una mirada comunicacional, el punto más fuerte en la construcción de la imagen de W. Boo era que su apellido reflejaba un estado de ánimo. Cuando Boo entraba al ring, las tribunas, saturadas de niños excitados que esperaban por sus ídolos, los luchadores, se entretenían gritando “buuuuuuuuuuuu”. En ese instante se producía el clímax creativo (del que ya hemos hablado en otra oportunidad). Cuando Boo era buuuuu, la síntesis rozaba su máxima expresión, se alineaban los planetas y un nuevo árbol nacía en el Amazonas. Cuando Boo era buuuuu el universo era un poco más perfecto.

Si algo hicieron bien los creadores de Titanes en el Ring fue el branding de la maldad. William Boo contenía todo el imaginario del hombre malo: una panza que delataba excesos, la mirada altanera, el rictus de la desconfianza, la soberbia encarnada en cada gesto, la irracionalidad en la toma de decisiones y una provocación constante en su accionar. Y todo coronado con un detalle sublime: William Boo odiaba a los niños, y ese odio lo hacía insuperablemente malo: ¿acaso existía algo más vil que odiar a un niño?

Una breve digresión. ¿Por qué no se puede odiar a un niño? Por la sencilla razón de que los niños no tienen historia. Aún no tuvieron tiempo para el mal. O por lo menos, no para hacer un mal tan grande por el que merezcan ser odiados. Podemos ignorarlos, sí, o incluso sentir repulsión, ¿pero odiarlos?… No, odiarlos no se puede. Odiar a un niño es un exceso siempre injustificado.

Están esas películas en las que el diablo encarna en un niño, y entonces ahí sí, por un instante, nos sentimos libres para detestarlos. Pero ni siquiera en tales aterradoras circunstancias los odiamos. Sino que odiamos al diablo que encarnó en sus entrañas, y a sus más de cinco mil años de maldad. La única persona autorizada -moralmente autorizada quiero decir- para odiar a un niño, es otro niño. Porque tienen el mismo sentido del tiempo. Porque todavía no desarrollaron el criterio del odio, o lo hicieron de la misma manera. Porque su arbitrariedad se encuadra dentro de los mismos imprecisos límites.

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Avancemos. Los niños crueles dan cierta impresión.

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