¿Para qué sirve un blog?

Además de ser un complemento profesional, una vidriera para asuntos específicos y un modo de expresión, un blog también es un registro fiel de nuestra historia personal.

Los textos generados, incluso los más técnicos, están pintados con los colores de nuestra vida presente. Por ejemplo, al leer a un padre primerizo es fácil percibir el momento especial que le toca vivir. Más allá de lo que cuente, más allá de que publique o no una foto de su hijo recién estrenado, sus palabras están teñidas de una alegría y un optimismo imposibles de ocultar.

gatobebe.jpg

Un blog es una suerte de escribano imparcial y objetivo de nuestra historia. Es un registro involuntario de nuestra vida cotidiana.

– ¿Y por qué involuntario, si en el blog registramos lo que deseamos registrar, en todo caso sería voluntario?

La parte de involuntaria, justamente, es la que se cuenta sola. Es nuestra impronta personal en el tono, en la elección de los temas, en el enfoque asociado a nuestro conocimiento actual, a nuestra filosofía de vida, a cuestiones intangibles que no se pueden ocultar ni falsear. Incluso si mentimos, dejaremos el registro de una mentira. Así seamos solo nosotros los únicos capaces de distinguirla.

La escritura y el pasado

Lo bueno de leer textos que uno mismo escribió años atrás es que nos permiten revivir la vida emocional que llevábamos entonces: qué sentíamos, cómo pensábamos, en qué creíamos.

03ninos.jpg

A la vez, eso mismo genera un sentimiento ambivalente. De pudor por un lado, una suerte de incomodidad de la que queremos liberarnos lo antes posible; pero por otro lado, nos interesa recordar cómo pensábamos entonces. Aunque sea brevemente, nos interesa leer esos textos que nos muestran la persona que éramos. Pero solo un poco.

Al recordar el pasado a través de un texto, rápidamente surge el deseo de volver a concentrarnos en el vertiginoso presente.

Sin embargo, algo diferente ocurre con los recuerdos. A estos podemos dedicarle horas y horas, solos, en una rumia mental interminable, o en jornadas también interminables con amigos y ex compañeros de algún ámbito que nos amontonó por una casualidad del destino, y con los que se comparte ese  pasado que ya no es.

Y esto ocurre porque los recuerdos son como las ideas, intangibles. Los recuerdos no nos comprometen, porque al no materializarse, no dejan de ser vividos como consideraciones subjetivas. Y por ende, inofensivas.

Por el contrario, el texto es la prueba concreta de la relatividad de nuestras ideas, de cómo vivíamos la vida en ese pasado que a veces idealizamos, estigmatizamos o congelamos, según que nos convenga ahora.

02ninos.jpg

También deseamos huir de los textos del pasado porque de alguna manera es asumir que si algo que defendimos con tanta determinación, hoy, a la luz de los hechos, comprobamos que fue errado… ¿cómo no dudar de que hoy no estemos igual de equivocados en relación a mañana?

Mejor no pensar, o pensar solo en lo urgente.

Todo esto ocurre cuando nos enfrentamos al pasado a partir de una evidencia concreta como puede ser un texto, una foto o un video (dirían Les Luthiers: ¡suéltame pasado!). Es común escuchar a diversos escritores contar que lo que escribieron de jóvenes ya no les gusta, y es porque les provoca esa incomodidad de la que hablábamos. Pero no se trata del material en sí, de la técnica, sino de la imagen de ellos mismos que le devuelven las palabras que elegían para contar una realidad sin perspectiva histórica.

Lo que incomoda no es el papel, sino observar en frío, descarnadamente, los errores cometidos por pecados muchas veces evitables como pueden ser la soberbia, la arrogancia o la omnipotencia, que nos ayudan a disfrazaban defectos de virtudes.

04ninos.jpg

Leer lo que escribimos en el pasado nos trae al presente los aspectos en los que hemos evolucionado o involucionado como personas. Podemos apreciar cómo el paso de tiempo, en general, transformó ingenuidad en sabiduría, pero también en hastío.

Lo de la sabiduría es conocido y en mayor o menor medida, experimentado por todos: las personas que viven enfrentando desafíos y superando obstáculos, se vuelven más interesantes. Esa es la sabiduría que da la experiencia, que da cada batalla, más allá del resultado.

Mientras que la ingenuidad es una característica menos clara para nuestro análisis como personas. La ingenuidad, de alguna manera, es positiva. Es un rasgo de salud mental. Las personas ingenuas son personas sanas, agradables, inofensivas, alegres. Sin embargo nunca pensamos en nuestro costado ingenuo.

A lo sumo, nos entretenemos con el pudor que provoca el pasado y evitamos enterarnos de lo que nos pasa en el presente.

481002194_dab69c596a.jpg

Es raro que alguien que pierde la ingenuidad no se vuelva un poco más cínico, más descreído, más pesimista. No es que una cosa reemplace a la otra, pero en el momento que en una determinada área se pierde la ingenuidad, hay algo que desapareció para siempre. Y que hay que reemplazar por la construcción de otro valor.

Una de las cosas que más me entusiasma de este blog es que va a dejar un registro histórico de la forma de pensar y de sentir, de los avances y retrocesos, de las cosas vividas que, aunque no queden literalmente reflejadas en estas líneas, sí quedarán reflejadas en el estilo de la escritura, en la impronta de las palabras elegidas, en la intención de fondo.

Todo el mundo debería escribir un blog.

  1. BLID Comunicaciones’s avatar

    "¿Para qué sirve un blog?", según la visión de Martín Fernández http://t.co/Aj0WrzeE

    Reply

Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *